Recordando AustinLAS DOS LISTASUna mujer que fue atea reflexiona sobre sexo, aborto y rabia |
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Comentario de Jennifer Fulwiler
28 de enero de 2010 (InsideCatholic.com) - De todos mis recuerdos a propósito de la "Marcha por la Vida" de Austin, en enero del año pasado, destaca la expresión que ví en las caras de los contramanifestantes que nos fueron siguiendo a lo largo de Congress Avenue, hasta el capitolio aquella helada mañana. Cuando alcé la vista para ver de dónde venían los epítetos que nos estaban gritando, me encontré con los ojos de una mujer joven que llevaba la parte inferior del rostro cubierta con un pañuelo negro. Coincidió que ella también observaba y nuestras miradas se encontraron, y en sus ojos ví una cosa: odio. Yo misma me sorprendí, porque lo que me salió de dentro,
en respuesta a su mirada rabiosa, fue una mirada de Hasta hace un par de años, yo era militante pro-choice. Cuando oía a gente que hacía afirmaciones antiabortistas, me encendía de ira y a penas podía contenerme. Tras mis puntos de vista estaba una percepción secreta: había algo esencialmente injusto en el hecho de ser mujer y el aborto era la clave para mantener cualquier parecido a dos campos de juego igualados, en este mundo. A mis compañeros y a mí no nos habían enseñado que el sexo produce niños, sino que el sexo sin protección produce niños. Absorbimos por ósmosis cultural la idea de que toda persona normal va a tener una relación sexual en algún momento de su vida, y que el acto sexual, por sí mismo, no tiene significado alguno fuera de la relación entre los dos implicados. Con esta visión del mundo, cuando aparecían embarazos inesperados, la cosa se veía como una especie de traición por parte del cuerpo de la mujer. Mis amigas y yo lamentábamos la horrible situación en que se encontraba toda mujer. Los embarazos inesperados caían como un rayo, y cuando uno de esos sucesos impredecibles ocurría, no había opción buena para tratarlo. El aborto no era lo ideal -hasta nosotras reconocíamos que era un procedimiento violento, duro para el cuerpo de la mujer-, pero ¿qué elección tenía una? No tener la opción de terminar los embarazos sorpresa, cuando salieran no se sabe de dónde, significaría ser una esclava de la propia biología. Mi apoyo acérrimo a estos puntos de vista no cedió hasta hace unos años, cuando la conversión religiosa, tras una vida de ateísmo, me llevó a la Iglesia Católica. Comencé a estudiar la antigua concepción judeo-cristiana de la sexualidad humana, en la que al acto sexual se ve como inextricablemente entrelazado con el poder de crear una nueva vida humana. Cuanto más consideraba este punto de vista, más iba cuestionándome aquellos puntos de vista que tenía desde hacía tanto. De hecho, comencé a ver el catastrófico error que nuestra sociedad había cometido, cuando empezamos a creer que el poder de dar vida que tiene la actividad sexual era algo de lo que podíamos olvidarnos sin peligro, con tal que la gente usara contraceptivos. Eso era como decir que las armas pueden usarse como juguetes, con tal que estén cargadas con balas de fogueo. Enseñar a la gente a usar algo dotado de tremendo poder despreocupadamente, como un juego informal, había llevado a las mujeres al desastre. La gravedad de este error se me mostró claramente cuando encontré una investigación que la revista Time publicó en 2007, citando datos del Instituto Guttmacher, traía las razones más frecuentes por las que las mujeres abortan. Me chocó inmediatamente el hecho de que ninguno de los factores de aquella lista no sentirse capaz de criarlo, no poderse permitir los gastos de un bebé, no tener una relación lo bastante estable como para educar a un hijo, ninguno de esos factores están entre las condiciones que animamos a considerar a las mujeres antes de meterse en actividad sexual. Entonces pude, por fin, formular cuál era la fuente de la ira que había sentido todos aquellos años. En toda sociedad hay dos listas críticas: condiciones aceptables para tener un niño, y condiciones aceptables para tener relaciones sexuales. Desde tiempo inmemorial, lo único que prácticamente todas las sociedades han tenido en común era que esas dos listas debían concordar. No ha sido hasta la extendida aceptación de la contracepción, a mediados del siglo XX, cuando las dos listas han comenzado a ser discordantes, trastornando la mentalidad pública para que el sexo y los niños no fueran ya unidos. Y ahora, en la América del siglo XXI, se presentan así:
Mientras esas dos listas no coincidan, viviremos en una cultura en la que el aborto será frecuente y en la que las mujeres estarán en guerra contra sus propios cuerpos. Al considerar la disparidad entre las dos listas, comencé a darme cuenta del nivel del daño que la contracepción, y la mentalidad que produce, han causado a las mujeres, como personas singulares y como grupo. Pensé en las diversas amigas a las que había ayudado a conseguir el aborto: todas estaban asustadas y pilladas desprevenidas, abrumadas por el sentimiento de quien dice: "Yo no me apunté para tener un embarazo", airadas contra un enemigo sin rostro. Habían seguido todas las reglas sociales, y sin embargo habían acabado en una situación angustiosa. Odiábamos a los fanáticos antiabortistas porque pensábamos que intentaban robar la libertad de las mujeres; lo que no entendíamos era que la libertad de las mujeres ya había sido hurtada, cuando la sociedad aceptó la mentira de que el sexo era primordialmente cosa de lazos afectivos y placer, y que su poder de transmitir la vida era tangencial y opcional. En un artículo publicado por la revista del Instituto Guttmacher, Family Planning Perspectives, John A. Ross estima que una mujer usando contracepción con un 1 por ciento de riesgo de fallo, tiene un 70 por ciento de posibilidades de experimentar un embarazo no deseado, en el curso de 10 años. Guttmacher informa también de que más de la mitad de las mujeres que solicitan el aborto estaban usando un método contraceptivo cuando se quedaron embarazadas. Tan pronto como nosotros, esta sociedad, aceptamos la contracepción, comenzó un juego de la ruleta rusa a gran escala, en el que las mujeres y sus hijos inesperados tienen una pistola en la cabeza. La "marcha por la Vida" en Austin tuvo lugar este pasado sábado [23 de enero de 2010]; me pregunto si la chica del pañuelo negro estaría allí otra vez, este año. Me gustaría poderla invitar a un café y decirle que pienso que tiene razón, al sentir que algo profundamente injusto está funcionando en nuestra sociedad, y que lo que está en juego es nada menos que la libertad de las mujeres. (Nota: Este artículo se reproduce con permiso de www.insidecatholic.com. Jennifer Fulwiler es la autora de ConversionDiary.com, donde escribe acerca de sus experiencias en el catolicismo, después de una vida de ateísmo). ACEB - Contacto - Editoriales - Actividades - Índice - Noticias - LinksÍNDICE - PRESENTACIÓN - ARRIBAASSOCIACIÓ
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