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El término "drogadicción" se aplica a una necesidad fuerte e irresistible de tomar drogas para gozar de cierto bienestar psicofísico. Las substancias implicadas son sobre todo opiáceos (heroina, metadona), drogas estimulantes (anfetaminas), medicamentos (benzodiacepinas, hipnóticos), alucinógenos (LSD), THC (marihuana) e inhalantes. Todas ellas dan lugar a algún grado de dependencia psíquica. Algunas originan además dependencia física que se manifiesta con un síndrome de abstinencia cuando se interrumpe el aporte. Con frecuencia la cantidad de droga debe aumentarse para lograr el bienestar deseado, fenómeno de neuroadaptación que se denomina tolerancia.
Actualmente la drogadicción se ha extendido ampliamente y afecta a una parte significativa de la población mundial (se calcula que afecta a un 3-4% de dicha población). Las personas adictas terminan empobreciendo sumamente su existencia y centrando su vida en conseguir la substancia. A su alrededor se crea un ambiente conflictivo y el problema acaba comprometiendo gravemente la estabilidad y el bienestar de la familia. Por ello, además de una enfermedad del individuo adicto, la drogadicción debe considerarse como una auténtica enfermedad para la familia. Y por supuesto un gran problema social. Alrededor de la producción, tráfico ilegal y consumo de droga se ha constituido un enorme negocio. Algunas fuentes le atribuyen, a nivel mundial, un volumen similar al del turismo. Por otra parte, en el mercado ilegal, el precio de la droga se rige por la ley de la oferta y la demanda y la búsqueda de recursos para hacer frente a la adicción da lugar a una elevada tasa de violencia y crimen. Estrategias de tratamientoLa adicción a drogas representa a la vez una enfermedad que compromete a determinadas personas y un problema social. Por ello, al tiempo que un reto médico se trata asimismo de un motivo de gran preocupación por parte de la autoridad política. Los profesionales de la medicina se preocupa de la curación de las personas adictas. La pregunta fundamental del profesional de la medicina es: ¿cómo conseguir apartar a esta persona de la droga y vencer su adicción? ¿Cómo evitar su recaída? ¿Cómo prevenir que los niños y jóvenes caigan en las redes de la droga? La respuesta se ha encontrado en los tratamientos de deshabituación, combinados siempre con terapias de grupo y un sólido soporte médico y social dirigido a los adictos y a sus familiares. La autoridad pública a su vez se cuestiona: ¿es posible vencer esta epidemia? ¿Cuál es la mejor estrategia para evitar su crecimiento? En cualquier caso: ¿cómo impedir las consecuencias nefastas para la sociedad que la droga comporta? La estrategia ha sido diversa, influenciada por teorías, hipótesis y valoración de resultados. Frente a la estrategia curativa clásica y de la mano del crecimiento de la epidemia de SIDA en el mundo, han surgido en los últimos años diversas estrategias facilitadoras que no intentan ya la solución del problema si no que se proponen sólo evitar daños: es la política del mínimo daño, que en vez de combatir el consumo lo facilita proporcionando droga al adicto, dándole jeringas para evitar que use jeringas contaminadas y le facilita además salas seguras donde puede consumir la droga sin miedo a la policia y con la supervisión de técnicos en medicina. RESULTADOSLa rehabilitación del drogadicto es un proceso largo y penoso que exige inicialmente una atención médica intensiva, generalmente en régimen de ingreso hospitalario, seguido de una terapia de soporte, reeducación, ayuda para reasumir y mantener la autoestima perdida y finalmente rehabilitación social. Contra este proceso se ha alegado la alta tasa existente de recaídas, con la necesidad de volver a repetir el largo y difícil proceso ya descrito. Sin embargo, estudios efectuados con enfermos que necesitaron repetidas deshabituaciones muestran claramente como cada una de ellas ayuda al paciente de manera más eficaz, resultándole más fácil superar la dependencia. Es decir, la deshabituación debe considerarse como un proceso que exige con frecuencia varias tandas de desintoxicación y soporte médico-social, antes de llegar a la anhelada curación completa. Las estrategias de daños mínimos, por el contrario, no alcanzan nunca (ni tan siquiera se lo proponen) la curación del drogadicto. Lo convierten en un permanente esclavo de la droga, aunque en ocasiones se logra descender algo el contagio del SIDA y algunos de los pacientes son capaces de llevar cierta actividad laboral o social. Esta política facilitadora, ya se ha dicho, intenta únicamente que el enfermo no deba acudir al mercado ilegal. Aunque se le facilita un opiáceo (metadona) en substitución de otro (heroína), no se le proporcionan las demás drogas que estos adictos suelen consumir de forma simultánea: cocaína, anfetamina, metamfetamina y cannabis. Por ello, siguen acudiendo al mercado ilegal. Además, la facilidad para disponer de jeringas y de contactar con otros adictos en las salas de consumo "higiénico" y seguro (como suelen denominarse) les permite su reventa y la posibilidad de aumentar -en las salas o en la calle- el consumo de droga, con el consiguiente peligro de sobredosis. Facilitar metadona a los heroinómanos y proporcionar lugares seguros para consumir la droga obtenida de modo ilegal no combate el mercado de la calle, donde los tratantes siguen vendiendo su producto que después será consumido por los adictos junto a la metadona, quizás en las salas de consumo, sin riesgos de ser molestados por la policia y en relación promiscua con otros adictos enfermos de SIDA. Por otra parte, la estrategia facilitadora no tiene en cuenta las causas últimas de la drogadicción, radicadas en un modelo social ajeno a los valores auténticos que ayudan a madurar al ser humano. LA EXPERIENCIA SUECATambién Suecia tuvo su etapa de estrategia facilitadora. En los años 60 se daba a los drogadictos opiáceos y anfetaminas. Sin embargo, los malos resultados obtenidos (un enorme gasto público incapaz de disminuir la violencia, el crimen, las muertes por sobredosis, los suicidios, el mercado ilegal) llevaron a una política de desintoxicación y abstinencia de droga que ha conducido a la práctica desaparición del problema en el país. Así lo explicaba Eva Brannmark, supervisora general de la lucha contra la droga en Suecia, con 40 años de experiencia. Ante las autoridades de Australia, empeñadas en introducir en el país las salas de consumo de droga (shooting galleries). "En Suecia, decía, nunca se castiga al consumidor de droga; se le "sentencia" no a la prisión, sino a rehabilitarse". Recordando los años 60 añadía: "aún estaríamos mejor en Suecia si no hubiéramos cometido este terrible error. Las consecuencias fueron tremendas pero ni me atrevo a pensar en las consecuencias que hubiera tenido hacerlo hoy". "No se trata de un problema de la policía o para los clientes o los trabajadores sociales" añadía Brannmark. "Éste es un problema de toda la sociedad. Ustedes necesitan nuestra experiencia". Desde el Instituto Karolinska de Estocolmo, el toxicólogo Ulf Rydberg subraya que hoy está comprobado que "hacer difícil o penalmente arriesgado el acceso a la droga hace que el 50% de los consumidores renuncie a usarla: se trata de los consumidores ocasionales". VALORACIÓN ÉTICANo es posible aceptar la legalización de la droga. NI la contemporización con ella. No puede aceptarse la política de cerrar los ojos a la enfermedad del espíritu que se halla en la raíz de la huída de la realidad a través de la droga: no es el producto lo que se liberaliza: se convalidan las razones que llevan a consumirlo. La droga es siempre destructora del hombre y la mujer que la consumen. Tanto si se obtiene por compra ilegal como si la distribuye el Estado. Aceptando la existencia de drogadictos con condición social de tales se crea una sub-clase de seres humanos. Uno no puede por menos de recordar la sociedad huxleyana dispuesta en hombres de diverso valor (clases), que ante los problemas se limitan a tomar "soma", la droga de la felicidad: así no existe ya el sufrimiento ni la frustración. Así, además, desaparece la humanidad del ser humano. En Cataluña y en general en España, se está comenzando a recorrer el camino ya abandonado por Suecia. Programa de suministro de jeringas, tratamiento mantenido con metadona, posibilidad de lugares de consumo seguro.... Y el mundo se dispone a asistir a un fracaso seguro. Se trata quizás de la ceguera que acompaña a las políticas (también cegadas de ideología) que no aprenden nunca de la realidad: la realidad no existe... sólo existen las ideas... Además, no bastaría una estrategia social de corte utilitarista. Es preciso no olvidar que cada adicto a drogas es una persona reducida a esclavitud, dependiente no sólo de la droga si no -en su curación- de una política de corte humano, que tenga en cuenta al ciudadano como persona y a su família, también afectada. Para liberar a un adicto vale la pena cualquier esfuerzo y cualquier gasto. És además el único camino de acabar con el problema social, sin duda un tema preferente.
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