EDITORIAL ENERO 2000

¿REINVENTAR LA FAMILIA?

Nuestras sociedades democráticas occidentales se entienden a sí mismas como colectividades que albergan en su seno diversas concepciones culturales sobre la familia e incluso sobre el ser humano. Se trata de sociedades plurales en las que la convivencia pacífica se basa en la tolerancia y donde, por tanto, las diferentes opciones culturales deberían respetarse por igual. Dicha tolerancia queda, sin embargo, mermada en el mismo momento en que algunos discursos son anulados o desechados porque se identifican con cierto conservadurismo que cuestiona la validez social de algunos modelos que se presentan como unidos a la idea de progreso y de libertad.

El modelo actual, que quiere configurar nuestra sociedad, basa su ordenamiento jurídico en el consenso o en el funcionamiento de la sociedad en un momento dado. De hecho se nos invita a preguntar a los que nos rodean ¿qué entiendes por familia? A partir de las respuestas se irán configurando los nuevos modelos propuestos por el ordenamiento jurídico. En esta línea , la tesis consensualista y fundamentalista de los derechos humanos mantiene un relativismo ontológico profundo. Sin embargo, los derechos humanos son una realidad objetiva absoluta íntimamente ligada a la naturaleza de la persona como tal. El hecho de que la sociedad actual encuentre serias dificultades para fundamentar un sistema de valores objetivos y universales, no significa que los derechos humanos sean únicamente el fruto del pacto o del consenso. Se trata de derechos inherentes a la persona y no de un mero pacto social o de una costumbre del momento. Tanto la realidad familiar como el ser humano son muy anteriores a la existencia de cualquier ley.

La tendencia política en nuestros días se dirige a adecuar el derecho a los cambios profundos que experimentan las relaciones interpersonales, equiparando el concepto de familia a nuevas uniones hasta hace poco excluidas del mismo. Estas propuestas olvidan la tradición histórica, con sus elementos reflexivos, que ha ido forjando nuestra cultura y de la que ha surgido el derecho familiar y pretenden introducir así nuevas formas de convivencia. La unión familiar que proclama de manera pública su consentimiento y acoge y educa a los hijos no supone problema alguno. El problema surge cuando, amparándose en lo que se considera una nueva lectura de la libertad humana, se desea una unión matrimonial sin compromiso. Se rechaza el vínculo que compromete para anclarse exclusivamente en los afectos del momento e intentar una convivencia a prueba. No es de extrañar esta posición en gente joven: ante el fracaso estrepitoso de la generación anterior se buscan otras formas. Pero el modelo matrimonial sigue siendo válido. La complicación surge de nuestros defectos personales que el derecho se empeña en regular. Es una verdadera claudicación de nuestra cultura el no saber presentar a las nuevas generaciones la riqueza, bondad y felicidad que encierra el compromiso matrimonial.

La diferencia esencial entre familia y unión de hecho reside en la ausencia de voluntad de compromiso, esto es, en una voluntad explícitamente no-matrimonial. Equiparar una y otra supone reducir esta realidad al mero hecho biológico o afectivo, mientras que la comunidad familiar es algo mucho más rico y profundo. Las cosas materiales pueden someterse a prueba, pueden rechazarse e incluso tirarse. Pero la familia no hace referencia a cosas sino a personas, y éstas, por la dignidad intrínseca de que son portadoras, merecen otro trato. Un trato digno a nivel personal, social o legislativo.

Muchos autores hablan de que hay en nuestra vida algunos binomios inseparables como libertad-responsabilidad y derecho-deber. Son como las dos caras de una misma moneda. La familia, como sujeto de derechos, debería ser el exponente máximo de este binomio en nuestra sociedad. La familia y la sociedad se hallan mutuamente ligadas por vínculos vitales y orgánicos, tienen una función complementaria en el progreso de cada persona y de la propia sociedad. Esto no significa que deba obligarse a nadie a contraer matrimonio, pero sí que ha de reconocerse en la familia el valor del que, como institución, es portadora.

Todos podemos afirmar con seguridad y sin temor a errar que una cosa determinada es mejor que otra. Y ello se debe a que tenemos la capacidad de reconocer en la realidad algo de verdadero, algo que se opone a ser instrumentalizado por fines políticos, por el avance tecnológico del momento o por la tendencia social dominante, y ello porque es intrínsecamente bueno. Las familias que basan su relación en el compromiso son en sí mismas un bien social. ¿Qué medidas van a tomarse ahora ante la inexistencia de un adecuado relevo generacional como consecuencia de una política irresponsable frente a la familia y frente a su marco legal? ¿Qué iniciativas se piensan tomar desde el poder?

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