EDITORIAL MARZO 2000

CARÁCTER SAPIENCIAL DE LA BIOÉTICA

La "cuestión bioética" apunta hacia una instancia superior a la ciencia y la técnica e invita a enjuiciar la cultura como un todo. Para exponer este pensamiento, convendrá que distingamos entre "cultura" y "sabiduría"; daremos el nombre de sabiduría a la capacidad de enjuiciar a la cultura. La cuestión bioética (como la ecológica) depende de la virtualidad sapiencial del pensamiento. Hay más pensamiento que cultura. La cultura reúne diversas actividades intelectuales, no definitivas ni capaces de fundar juicios últimos.

Precisemos mejor en qué sentido usamos la palabra "cultura", para que no extrañe oír que la actividad inteligente más poderosa no es la cultura. ¿Se pretende tal vez que los actos más intensos de la inteligencia son "incultura", o vitalidad instintiva, irracional? Claro está que eso no tendría sentido.

Convendremos en denominar cultura a las acciones del hombre que tienen producto externo, siempre y cuando éste sea un bien para el hombre; si fuera un mal, sería barbarie; si no fuera producto de la razón –como el Sol es un bien, pero no un producto humano–, hablaríamos de naturaleza o mundo físico. En medio de la naturaleza inculta y de la barbarie destructiva, la cultura configura un "mundo humano". En particular, la cultura moderna se diferencia de las épocas pretéritas por el desarrollo de las ciencias (naturales y sociales) y los saberes aplicados (derecho y política, técnica e ingeniería, etc.). En suma: en el nombre "cultura" comprendemos todo (y sólo) aquello que es producto externo del hombre, valor heredado y mejorable, que configura el mundo humano.

La expresión "mundo humano" señala al hecho evidente de que la especie humana no está especificada por adaptación al medio, sino a la inversa: que es faber y trabajando elabora un medio. El medio humano es cultural y no meramente físico. Así es como hay que entender la idea de que no vivimos tanto en el cosmos cuanto en la cultura.

A diferencia de los árboles, los insectos o los mamíferos, no vivimos en nichos ecológicos ni ecosistemas, no vivimos en el cosmos. Habitamos el mundo humano. Si "habitar" es poseer vivienda o habitación y, antes, construir lo habitable, entones es obvio que tan sólo el hombre habita, las plantas y los animales no. El hombre es habitante del mundo que sus padres han construido. El hecho de que la construcción de la cultura se pueda asimilar a la construcción de la casa y a la herencia pone en evidencia el carácter ético de la acción humana.

Ahora, puesto que no podemos habitar el cosmos –al que estamos insuperablemente inadaptados–, somos acogidos en la ciudad humana, esto es, en la cultura. La mirada humana no recae sobre el mundo de una sola forma. No contemplamos del mismo modo el paisaje y las estrellas que las ciudades y los artefactos. La naturaleza, la ciudad, las antigüedades o las novedades tecnológicas nos dan visiones tan diversas como la calma y la prisa, el atractivo del misterio o el gusto por la acción.

Resumiendo, se trata de la idea de que la cuestión bioética no es un aspecto de la cultura, ni siquiera uno muy importante, sino pensamiento sapiencial. Por su parte, la sabiduría es el criterio para discernir la cultura de la barbarie. A lo largo del siglo que acaba, se ha formulado muchas veces la cuestión del mundo humano: ¿está nuestro mundo a la altura del hombre? ¿Está la cultura al servicio de la vida humana, como el hogar paterno acoge a los hijos? En fin, dado que toda cultura es medio y sólo el hombre es fin, ¿tenemos hoy dominio y control de los medios, de los poderes formidables de que la cultura dispone? ¿Controlamos los medios o éstos nos arrastran? ¿Sabemos a dónde queremos ir, tenemos dominio intelectual del futuro, o más bien somos llevados por fuerzas anónimas, colectivas, incomprensibles? La literatura del s. XX habla muchas veces de malestar en la cultura, ¿por qué? ¿Por qué la ciudad humana se vuelve inhóspita, una "jungla"?

Decíamos que de la bioética se espera que enjuicie, desde un punto de vista sapiencial, las condiciones de la vida humana, pues bien, una segunda idea es esta: la vida humana sólo se evalúa éticamente. Hay otras legalidades que permiten otros juicios y evaluaciones: legalidades económicas, psicológicas, sociológicas, etc., pero sólo la ética es la consideración plena y ajustada de la actividad humana.

Esta segunda idea –que sólo la ética comprende el actuar humano– conlleva afrontar las dificultades de una desorientación sapiencial (en el "primer mundo"). El mundo rico es sapiencialmente pobre. Tiene problemas: en especial, no sabe cuál es su verdadero problema; qué le pasa. La nuestra es una situación desconcertante y magnífica: disponemos de más recursos que todas las generaciones de cualquier época histórica, pero el desacuerdo sobre los fines de la vida humana es tal que en muchos aspectos el progreso se convierte en un peligro, una amenaza o, francamente, un retroceso.

El interés de la bioética, en la perspectiva filosófica o sapiencial, es el interés ético y el de la unidad de los saberes, esto es, la cuestión del sentido y coherencia de la cultura. Pone en juego el significado del nombre «ética», reducido a una actitud emotiva, a opinión subjetiva, y acrítico conformismo social. Este subjetivismo moral se inició cuando Descartes propuso la extraña idea de una «moral provisional», mientras lo ponía todo en duda en teoría, como si la razón práctica y la especulativa fueran dos realidades separadas; Hume negó tanto a la razón práctica como a la teórica la capacidad de conocer legalidad alguna, según él, actuaríamos movidos por sentimientos de simpatía o aversión. Al tiempo que eliminaban las bases racionales de la acción humana, propugnaron una visión mecanicista de la naturaleza: el mundo sería puro sólido geométrico, pasivo, comprensible y manipulable sin límite: el objeto de dominio del sujeto racional.

La cuestión bioética liquida de un golpe tres siglos de cavilaciones. El mundo no es mero objeto de razón, tiene fines propios, reclama respeto. La razón práctica y la teórica son dos poderes humanos llamados a la armonía y la sensatez. En fin, la ética versa sobre los bienes, las normas, la libertad y las virtudes. Reducir la ética a una normativa, a un código de deberes, había planteado la dialéctica (minimalista) de la norma contra la libertad. Ahora hay que superar aquella antinomia y plantear la vida humana en términos de crecimiento. No podemos ignorar que la moda de los códigos deontológicos responde al temor: escándalos (sociales, políticos), desconfianza del avance técnico (ecologismo), etc.

En fin, la cuestión bioética, por el solo hecho de plantearse, ha puesto en tela de juicio la coherencia de la cultura moderna. Los herederos de Descartes, Hume y otros ilustrados del s. XVIII propusieron un modelo basado en la ciencia "positiva", para sustituir la fe cristiana y la sabiduría griega: la teología y la metafísica iban a ser ventajosamente reemplazadas por la técnica. Para liquidar unos criterios sapienciales de unidad y coherencia, los sustituyeron por la nueva fe en el progreso, en el futuro y en la ciencia. Se equivocaron. Hoy el progreso técnico es causa de alarma social entre los científicos. La bioética testimonia el vacío sapiencial moderno y evidencia que la técnica está reclamando una nueva filosofía.

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