EUTANASIA
Después de unos aņos de apariciones públicas, viajes y testimonios en medios de comunicación, la cuestión ya no estaba en primera línea de la actualidad. Pasadas las festividades navideņas parecía el momento propicio, debido a la carencia habitual de otro tipo de noticias.
El día acordado, la secuencia de actuaciones minuciosamente planificadas se puso en marcha. El vaso conteniendo el cianuro llegó al borde de la cama. En ese instante, el secreto del sumario cayó sobre la acción. Un tiempo después, el forense inició su tarea frente al cadáver del presunto suicida.
Desde el profundo respeto a Ramón Sampedro por su condición de persona que sufría, cuesta trabajo contemplar sus últimos aņos y su muerte y quedarse indiferente. Llama la atención, al conocer los primeros datos, la escalofriante planificación que ha pervertido la tragedia de un hombre agobiado por su minusvalía física hasta convertirla en simple reclamo publicitario hacia una idea.
No hubo reparo alguno en instrumentalizar la triste situación de Ramón a favor de la causa de la eutanasia. Fue paseado de un extremo a otro del Estado, proclamando sus reivindicaciones. En ningún caso consta que se le ofrecieran salidas positivas, con las que realizarse como persona dentro de un entorno social verdaderamente acogedor y comprensivo. Una vez producida su inmolación en el momento oportuno, se prestó a los implicados una de las mejores defensas disponibles en la profesión jurídica espaņola. Luego comenzó el goteo de información en medios afines a la causa, con periodicidad e intervalos perfectamente estudiados para mantener el tema en candelero ante la opinión pública.
Desde el principio fue exhibido como la punta de un supuesto iceberg. Detrás de la punta, sin embargo, sorprende no encontrar más que el empecinamiento demagógico de quienes lo empujaban por la pendiente resbaladiza, convenciéndole, a la manera de los suicidas palestinos, que más allá de su muerte la sociedad le consideraría como un héroe. Este falso mesianismo, de connotaciones profundamente sectarias, contrasta con la conducta limpia e inequívoca de los mártires cristianos, que no buscaban la muerte, sino que la aceptaban serenamente, y siempre era inflingida por otros, de modo contrario a su voluntad.
El montaje pretende presentar ante la sociedad como algo deseable la legalización de la eutanasia, ya que representaría un problema acuciante para gran cantidad de individuos que padecen. Así se actúa sobre la tensión personal generada por el padecimiento ajeno, obteniendo una falsa impresión de solidaridad. En realidad, la dimensión real del problema abordado desde un enfoque constructivo, no destructivo, es mínima.
El hombre, siendo una totalidad en sí mismo, es a la vez un ser social por naturaleza. Nace, independientemente de su voluntad, inserto en un momento histórico determinado, y asimila a lo largo de su vida el bagaje de conocimientos de la sociedad que le rodea, que a su vez contribuye a enriquecer. Vive en interacción dinámica con su entorno natural y social, sin el cual la supervivencia sería imposible. Por lo tanto, el rechazo frontal a la vida no sólo es contrario a la naturaleza de la condición humana, sino también a la sociedad.
El principio de autonomía forma parte de los fundamentos de la bioética. Subraya la libertad del individuo de decidir de frente a las propuestas del entorno. No anula la responsabilidad inherente a dichas decisiones. No es un absoluto en sí mismo; carece de sentido sin las referencias de los demás principios de la bioética y del resto de la comunidad. Es abiertamente contradictorio invocarlo de forma aislada y a fin de obtener el respaldo mayoritario de la sociedad a una acción radicalmente antisocial.
A nadie normalmente constituido le atrae el sufrimiento por sí mismo. En la aceptación del dolor, sea éste físico o anímico, casi siempre subyace un motivo distinto del propio estímulo doloroso. Por tanto, la mayor parte de las personas que sufren tratan de encontrar remedio a su padecimiento.
Una deformación demagógica de la realidad, presenta como solución frecuentemente demandada ante el sufrimiento la provocación de la muerte. Es experiencia habitual del personal asistencial que atiende pacientes afectados de enfermedades graves, el encontrar tras peticiones de eutanasia más o menos explícitas, la expresión del deseo de no sufrir ni en el cuerpo ni en el espíritu. Las causas últimas de dichas peticiones, afloran a la superficie de la relación interpersonal con la ayuda inestimable que supone la receptividad del interlocutor, y su sincero compromiso en el tratamiento de la sintomatología, acompaņando a la persona que sufre, codo con codo, hasta el desenlace. Por tanto, no se está solicitando la interrupción del sufrimiento a cualquier precio, incluyendo la pérdida de la vida, sino el alivio eficaz del mismo.
La persona que sufre tiene derecho a esperar de la sociedad en la que vive el soporte y alivio necesarios para mitigar su padecimiento, sea este físico, moral o de ambos tipos a la vez. La solución más en boga de las ofrecidas consiste en hipertrofiar el principio de autonomía, defendiendo la validez de diferentes formas de aislamiento o escapismo (conductas marginales, drogadicción, o en su forma más extrema, los diversos tipos de suicidio). La solidaridad correctamente entendida no consiste en favorecer "que cada uno haga lo que quiera" (postura egoísta en el fondo), sino en un compromiso radical en el alivio del paciente.
Cuando se habla a la opinión pública de la legalización de la eutanasia se presenta un horizonte idílico, en el que la autonomía del individuo será respetada de manera escrupulosa. La práctica ha demostrado que no es así. Los estremecedores datos del informe Remmelink, encuesta anónima cumplimentada por los médicos holandeses tras un tiempo de vigencia de la despenalización de la eutanasia con el fin de conocer su praxis cotidiana a este respecto, confirman la visión de la pendiente resbaladiza. Al igual que sucedió en los diferentes países en los que se legalizó el aborto, tras una encendida propaganda basada en casos extremos, la trivialización de la muerte condujo a una praxis extendida de desprecio de la vida. En 1991, ya se conocía oficialmente en Holanda la desaparición a manos de los médicos de más de 400 personas de las que no constaba su voluntad de ser suprimidas. Hay suficientes pruebas en la historia reciente de las sociedades occidentales como para prever cuál será la evolución de la mortalidad en determinados grupos de personas (enfermos, ancianos, discapacitados, etc) tras la instauración de preceptos legales permisivos con la eutanasia, dejando a estos grupos de personas sin defensa legal real, a merced de los intereses, vicios o pasiones que quienes conforman su entorno.
Un esquema ya clásico de la actividad médica, atribuye al acto asistencial tres vertientes: curar, aliviar y consolar. La proporción entre ellas en un momento concreto, depende de las expectativas del proceso patológico: ante una enfermedad aguda reversible predomina la curación en detrimento de las otras dos, mientras que en una enfermedad crónica o terminal se invierten las proporciones. No hay lugar para el encarnizamiento terapéutico, entendido como la aplicación a ultranza de todo tipo de tratamientos desproporcionados con el único fin de arrancar a la Naturaleza algún tiempo de una vida que se escapa irremediablemente.
La introducción de la vertiente matar (terminología dura pero real, al contrario de lo que sucede con los eufemismos demagógicos en uso) en la praxis médica conllevaría la ruptura radical con el concepto de la profesión, acrisolado a lo largo de milenios de ejercicio. Los pacientes, actuales o futuros, serían los primeros y más directos perjudicados.
Muerte digna. La dignidad de los actos humanos está en la grandeza de espíritu de su protagonista, aunque haya quien, de forma interesadamente sesgada y reduccionista, se empeņe en adjudicársela en exclusiva a las circunstancias externas del acto. Lo mejor de una tableta de chocolate es el chocolate, pero siempre hay alguien que admira el envoltorio y se resiste a tirarlo a la basura.
El ejercicio de la dignidad va ligado a la vida. La muerte es simplemente un hecho, y como tal no puede recibir los calificativos de digno o indigno, propios de los actos humanos. El falso planteamiento de que la muerte digna no puede llegar al final de un largo proceso de enfermedad sino que para ser tal ha de ser inducida a voluntad del hombre y fuera de los tiempos marcados por la Naturaleza, ha sido repetido hasta la saciedad. La dignidad la demuestran cada día los que, sin ruido machacón, asumen las limitaciones de su existencia, y los que han optado por acompaņarlos en su camino.
