EDITORIAL ABRIL 2000
"QUE BELLO ES VIVIR": PRESERVACION DE LA VIDA. SOLIDARIDAD Y SUBSIDIARIEDAD
En esta película, que constituye una de las obras maestras de la historia del cine, se cuenta la vida de un pequeño banquero en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. Desde sus inicios, el negocio familiar había sido dirigido buscando el bien común por delante de otros intereses. Facilitaba créditos a la gente del pueblo en condiciones asequibles, sin forzar los plazos de pago cuando las situaciones personales dificultaban el cumplimiento de los deberes contraídos. Un número considerable de personas pudieron así hacerse con un patrimonio propio, evitando al mismo tiempo que toda la actividad del pueblo gravitase en torno a los intereses de un financiero que se movía exclusivamente por criterios economicistas.
En un momento determinado, las circunstancias adversas ponen el negocio al borde de la quiebra y el protagonista tiene la tentación de suicidarse. Cuando está a punto de hacerlo, un ángel es enviado para evitarlo. Su primera acción consiste en inducir un movimiento de solidaridad: se tira al río en presencia del potencial suicida, que se tira detrás para salvarlo. Posteriormente, ante el escepticismo del banquero, que no acaba de creerse con quien está hablando ni encuentra motivos para echar marcha atrás en su decisión, le muestra lo que hubiera sido la historia reciente del pueblo sin él. El resultado es contundente. Muchas acciones que había realizado con naturalidad, de manera casi instintiva, se revelan, encadenadas a otras posteriores, de una importancia inimaginable. Convencido ya de que no ha tomado la decisión correcta y decidido a continuar su vida a pesar de todo, recoge el fruto de su buena labor previa. Una colecta espontánea entre todo el pueblo le proporciona el capital suficiente para reflotar la empresa y la alegría de ver a sus conciudadanos plenamente identificados con los ideales por los que tanto había luchado.
El hombre, siendo una totalidad en sí mismo, es a la vez un ser social por naturaleza. Nace a partir de las células germinales originadas por otros, en una cadena ininterrumpida desde el inicio hasta el fin de la Humanidad. Precisa de los cuidados de los demás hasta alcanzar un grado mínimo de desarrollo. Vive en interacción dinámica con su entorno natural y social, sin el cual la supervivencia sería imposible. Nace, independientemente de su voluntad, inserto en un momento histórico determinado, y asimila a lo largo de su vida el bagaje de conocimientos de la sociedad que le rodea, que a su vez contribuye a enriquecer. Por lo tanto, el rechazo frontal a la vida no sólo es contrario a la naturaleza de la condición humana, sino también a la sociedad. Al mismo tiempo, la sociedad que apoya dicho rechazo socava el más básico de sus propios cimientos.
El principio de autonomía forma parte de los fundamentos de la bioética. Subraya la libertad del individuo de decidir de frente a las propuestas del entorno. No anula la responsabilidad inherente a dichas decisiones. No es un absoluto en sí mismo; carece de sentido sin las referencias de los demás principios de la bioética y del resto de la comunidad. Es abiertamente contradictorio invocarlo de forma aislada y a fin de obtener el respaldo mayoritario de la sociedad a una acción radicalmente antisocial.
Cuando se habla a la opinión pública de la legalización de la eutanasia o del suicidio se presenta un horizonte idílico, en el que la autonomía del individuo será respetada de manera escrupulosa. La práctica ha demostrado que no puede esperarse esto. El informe Remmelink, encuesta anónima cumplimentada por los médicos holandeses tras un tiempo de vigencia de la despenalización de la eutanasia con el fin de conocer su praxis cotidiana a este respecto, dio a conocer en 1991 la desaparición a manos de los médicos en Holanda de más de 400 personas de las que no constaba su voluntad de ser suprimidas. Hay suficientes pruebas en la historia reciente de las sociedades occidentales como para prever cuál será la evolución de la mortalidad en determinados grupos de personas (enfermos, ancianos, discapacitados, etc) tras la instauración de preceptos legales permisivos con la eutanasia, dejando a estos grupos de personas sin defensa legal real, a merced de los intereses, vicios o pasiones de quienes conforman su entorno.
A nadie normalmente constituido le atrae el sufrimiento por sí mismo. En la aceptación del dolor, sea éste físico o anímico, casi siempre subyace un motivo distinto del propio estímulo doloroso. Por tanto, la mayor parte de las personas que sufren tratan de encontrar remedio a su padecimiento y tienen el derecho a esperar de la sociedad en la que viven el soporte necesario para ello.
La solución consistente en hipertrofiar el principio de autonomía, defendiendo la validez de diferentes formas de aislamiento o escapismo (conductas marginales, drogadicción, o en su forma más extrema, los diversos tipos de suicidio) y la presión social creciente sobre las personas no productivas, constituyen una losa insoportable en el ánimo enfermo de potenciales suicidas que, con harta frecuencia, sólo pretenden efectuar al entorno una demanda más o menos consciente de atención.
La solidaridad correctamente
entendida no consiste en favorecer "que cada uno haga lo que quiera"
(postura egoísta en el fondo), sino en un compromiso radical en el alivio
del sufrimiento. Actúa siempre en doble dirección: el genuino acto solidario
no sólo alivia al que lo recibe, sino que ayuda al que lo realiza, que ha
de poner en ejercicio sus capacidades más nobles en dicha realización. La
persona que sufre, aún sin pretenderlo, puede conseguir un inmenso beneficio
para la sociedad. Frente al impulso disgregador del individualismo a ultranza,
obliga al replanteamiento permanente de la escala de valores, fortaleciendo
la cohesión social.
En el contexto de una sociedad que rechaza mayoritariamente la pena de muerte
por inhumana y antisocial, el hecho de que alguno de sus miembros intente
arrancar de raíz el fundamento de todos sus derechos, ha de constituir un
elemento de reflexión personal y comunitario que profundice mucho más allá
del impulso emocional superficial. Considerar que se trata de una materia
en la que las decisiones en un sentido determinado no tienen vuelta atrás
acentúa la responsabilidad de influir en el proceso de reflexión mencionado.
En resumen, la sociedad es un conjunto dinámico de elementos, de igual dignidad
cada uno de ellos, en interacción permanente. Por lo tanto no hay vidas intrínsecamente
indiferentes, que de por sí constituyan un cero a la izquierda, ni de forma
temporal ni permanente.
