EDITORIAL JUNIO 1999
LAS DISTINTAS POSTURAS ANTE EL SUFRIMIENTO Y SUS CAUSAS.
La pregunta sobre el sentido del sufrimiento siempre está de actualidad. Pero en la época presente ocurre algo que ha penetrado profundamente en la mentalidad de muchas personas y que significa un cambio de enfoque vital respecto a generaciones anteriores. Se ha dicho, en concreto, que la sociedad moderna se ha hecho poco a poco prisionera de una elección sin salida aparente: o la salud plena, o la muerte, reflejada de forma patente en las asociaciones pro derecho a morir dignamente. En otras palabras, no somos lo bastante fuertes para soportar las tensiones intermedias: o estamos muy bien, tanto como para gozar de la vida, o es mejor anularla, con la eutanasia en el límite. Las tensiones siempre están presentes en la vida personal y la psicología aborda su estudio desde el ya habitual fenómeno del temido estrés.
Un matrimonio no puede pasar por momentos difíciles: o es maravilloso, o hay que romperlo. Un trabajo no puede ser fatigoso: o es gratificante o hay que cambiarlo. Una amistad no puede sufrir incomprensiones: o es total, o se convierte en indiferencia e incluso en odio. El compromiso por una sociedad mejor no puede transcurrir por la paciente construcción de una sociedad distinta: o es rápidamente victorioso, o se confina a la utopía y uno se refugia en sus intereses privados. La perfección humana no puede ser una gradual transformación: o es iluminación, o mejor no hacer nada. Una iniciativa empresarial no puede ser lenta en afianzarse: o sobresale enseguida, o es mejor pasar a otra cosa. A este momento, hemos llegado por el olvido de lo que somos como hombres: frágiles entidades históricas que nos hacemos a nosotros mismos por algo tan experimental como el aprendizaje por ensayo-error en la propia persona y en relación con los demás. Reconocer el error en las acciones humanas es el primer paso para modificar la acción o la actitud frente a algo o alguien. Aunque no corresponde a nuestros tiempos ni la existencia del error, ni mucho menos el pedir perdón ante el error propio. La solución actual es muy diferente.
Hoy hay prisa para todo, también para acabar con el sufrimiento. El hombre considera inhumano, por incómodo, tener que soportar una situación desagradable. Se presupone que si la incomodidad se instala en la persona alterando sus sentimientos, hay que cambiar inmediatamente de situación: de pareja, de trabajo, de amigo, de ideal...desde la religión hasta un simple tratamiento médico, por que lo real, lo que siento es que aquella situación me incomoda y por tanto hay que cambiarla. No parece que sea una exageración. Esta actitud ante los problemas aflora, por desgracia en muchos comportamientos. Sin embargo, sólo si somos capaces de sobrellevar las tensiones intermedias de nuestra vida (en el trabajo, en el matrimonio, en la amistad) aprendemos el sentido de la paciencia y de sacar fruto de los pequeños y grandes sufrimientos. Lazarus y Folkman, dos grandes estudiosos de las consecuencias del estrés en el ser humano describen muy bien el problema que intentamos analizar. Toda persona ante una situación estresante, puede recurrir a modificar su actitud ante el objeto podría ser una enfermedad que está produciendo tensión, o bien, dirigir sus esfuerzos a controlar las situaciones externas que la provocan. Esto es: "o acepto lo que me pasa o actúo eliminando la causa de mi problema". Todos los estudios realizados sobre las técnicas de afrontamiento apuntan hacia la mayor eficaciacia del control interno: "lo que yo puedo hacer" ante acontecimientos externos que pueden ser y se presentan como inevitables.
El esfuerzo, o la paciencia como sufrimiento, sirve para construir la vida propia un matrimonio, una empresa, esto es, casi todo pues es en el interior de cada uno donde tiene lugar la iniciativa, la reflexión, la revisión, la prudencia, la virtud, en difinitiva. Cuando se rechazan las tensiones intermedias, esto es las causas de estrés, en vez de estar al tanto de los fines a donde me dirijo, la subjetividad y la emotividad se adueñan del juicio y provocan el dilema de tener todo en plenitud y enseguida, o renunciar.
El malestar tiene siempre un culpable, y según este planteamiento, en lugar de buscar dentro de uno mismo, la culpa de lo desagradable recae siempre en el otro o en lo otro. Esto tiene muchas consecuencias en el vivir y convivir. A parte de los efectos sociales, si miramos solamente la persona quizá nos encontremos con que así nunca acabamos de conocernos a nosotros mismos, ni tampoco a los demás. Las tensiones intermedias son un factor indispensable para la construcción de cualquier cosa que debemos o queremos hacer. Si procuramos verlo así, el sufrimiento que comportan ya no es subjetivamente incomprensible, ni por tanto, insoportable.
El abuso actual del concepto de dignidad, aplicado a la muerte, refleja el problema expuesto anteriormente. No existen muertes dignas o muertes indignas, pues la llamada "muerte digna" es aquella que renuncia de raíz al sufrimiento que comporta. La muerte, en sí misma, como hecho natural no le corresponde este apelativo. Existen muertes humanas, en las que la persona es tratada con el respeto que se le debe por su dignidad intrínseca como persona y muertes inhumanas: en la soledad, por violencia, por abandono, por tratamientos desproporcionados, etc. A todos nos corresponde esta dignidad intrínseca como personas, pero aquí no finaliza la cuestión. Nuestras actitudes y nuestras acciones van a ir elaborando día a día esta dignidad personal constantemente inacabada, hasta el momento de la muerte, a través de todas las pequeñas tensiones que aparecen en lo cotidiano. Lo grande en el ser humano, pasa por todo lo pequeño, que es la forma de aprendizaje que hacíamos referencia en un inicio, y que como todo, debemos aprender. Entonces, cuando llegue la ocasión extrema de estrés: la muerte, nuestra actuación corresponderá a los modelos desarrollados en lo cotidiano.
