EDITORIAL JUNIO 1999

MONSTRUOS EN LA CIENCIA FICCIÓN

"La biotecnología promete la revolución más grande de la historia humana. A finales de esta década habrá dejado muy atrás la energía atómica y los ordenadores por lo que se refiere al efecto que ejercerá sobre nuestra vida cotidiana". Así se lee en la primera página de Parque Jurásico, la novela del médico y escritor Michael CRICHTON, autor de numerosos best-sellers, a menudo llevados a la pantalla. Crichton nació en Chicago (1942), estudió la carrera de Medicina en la Universidad de Harvard y ejerció como profesor, antes de dedicarse a la literatura.

La película Parque Jurásico, tenía pocas pretensiones, aspiraba únicamente a ser una de las cintas de mayor éxito comercial del siglo. La novela inspiradora apuntaba en cambio más alto, a través de una ficción futurista-catastrofista, insinuaba que el negocio de la ingeniería genética podría transformarse en la mayor amenaza ecológica.

Un novelista tiene derecho a las licencias y tópicos del género, por eso no suele ser el más indicado para juzgar con rigor la realidad, presente o futura. Así y todo, la fría mañana del 26 de octubre de 1997 la primera página de los diarios anunciaba una noticia novelesca: en la Universidad de Washington, donde hace tiempo que se experimenta con embriones humanos, ha sido efectuada una clonación, la primera. Este tipo de noticias no ha prosperado, de momento. Pero la novela se ha adelantado a la actualidad no pocas veces. Releo el inicio de Parque Jurásico:

"El final del siglo XX fue testigo de una fiebre del oro científica de alarmadoras proporciones: la urgencia precipitada y frenética para comercializar ingeniería genética. Esta empresa avanzó con tal rapidez, con tanto dinero, con tan pocos comentarios externos que a duras penas se llegan a comprender sus dimensiones y consecuencias". Así comenzaba Crichton. Aquello conllevaría, dice, la peor de las consecuencias éticas: la figura del científico libre, independiente y desinteresado ya no existiría: "Los días de antaño se acabaron. Las investigaciones genéticas prosiguen y a un ritmo mas veloz que nunca. Pero a escondidas, con prisas y por afán de lucro".

Es un hecho que la novela de Crichton cayó muy mal entre los biólogos moleculares, tal vez por aquello que "no" tiene de ficción: el hecho que se está manipulando y traficando con seres humanos, los más pequeños -pero humanos- por afán de lucro, de notoriedad o por curiosidad. No parece exagerado insinuar que tal vez falta la libertad, la ética y el amor a la verdad en tales manipulaciones. Parece razonable, por eso, que nos preguntemos si merecen el nombre de ciencia.

Aldous HUXLEY (1894-1963) también cambió la medicina por la literatura. En 1932 publicó un clásico de la ficción-denuncia: Brave New World. Un mundo feliz, en que la supresión de los valores humanos ha estado metódicamente continuada, hasta la abolición del hombre, en beneficio de una idea pragmatista, como "dominio sin límites".

En la pesadilla de Huxley los niños nacen de botellas de cristal, por docenas, son los "grupos Bokanovsky", así denominados en honor del inventor de la clonación humana, remedio de todos los problemas técnicos, económicos y políticos mundiales. Como el proceso se controla, los ciudadanos se estratifican en cinco grandes categorías (subdivididas), según la función para la cual han estado diseñados y adiestrados. Todo es lógico allí. Todos parten de insensateces para obtener conclusiones inhumanas, pero con lógica. Se ha reinventado la esclavitud y se la ha hecho irrefutable. La técnica no sirve al hombre, sino que lo utiliza, lo gasta y lo destruye, porque lo ha producido. Una lógica sin corazón que ha substituido al padre y a la madre. Por tanto no existe educación ni matrimonio, tampoco la familia. En consecuencia las relaciones sexuales son un "juego" en que son iniciados los pequeños ayudándoles a superar el espontáneo sentimiento de pudor, una palabra que en aquel mundo suena tan mal como decir "padre". Un mundo sin Dios, sin padres y donde la idea de intimidad es una palabrota proscrita por el sistema educativo. Los cálculos económicos substituyen a la moralidad, y la economía es una trágica estupidez.

Desde la novelista Mary SHELLEY (1797-1851), el tema vuelve. Pero el Monstruo va creciendo. El Dr. Frankenstein todavía hacía girar la antena para captar el relámpago del cielo, inicio de la vida. Su desafío a Dios era romántico. Ahora sólo parece quedar una mezcla de cálculo y curiosidad por ver qué pasaría si se le quitara al hombre su humanidad. Desvinculada de la sabiduría, la técnica pretende mandar.

Hay filósofos y pensadores del derecho que se preguntan actualmente si no será una mera insensatez -y no técnica precisamente- este afán de rechazar todo límite: sea material o moral. Al considerarla tan imprudente, encuentran incluso problemático, presentarla como moderna. Más característica de la última modernidad sería el despertar de la conciencia ecológica que ha consistido, precisamente, en el redescubrimiento del hecho que la naturaleza es límite y así mismo es buena.

Parece haber en todo eso un empobrecimiento. ¿Es tal vez la técnica la única o la principal dimensión del intelecto? No es demasiado seguro. Pero sí está fuera de dudas que la inteligencia es la instancia responsable de los rumbos humanos, del sentido de la civilización.

Las ciencias experimentales explican unas cosas por otras, formulan funciones. Eso está bien, porque funciona. Pero si todo se transformara en mera función de otra cosa, en el límite nada tendría valor propio. La idolatría de los medios pondría en peligro la comprensión de los fines. Ahora bien, si una práctica falsifica la inteligencia, seguramente tenemos derecho a temer que apunta a la Abolición del hombre (C.S. LEWIS).

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