DEONTOLOGÍA, PATERNALISMO Y BIOÉTICA
Cuando se habla de los inicios de la bioética o cuando se citan los tres principios "prima facie", es relativamente frecuente presentar a la bioética como una superación de la deontología o presentar los principios de autonomía y de justicia como la defensa de los pacientes frente al principio de beneficencia, que se presenta como paradigma de un viejo y nefasto paternalismo médico.
Reflexionemos sobre el concepto de paternalismo. Se entiende por tal una actitud que, bajo la excusa de proteger, anula la voluntad de los protegidos. Si bien dicen que la tarea de padre no acaba nunca, no es lo mismo educar a un hijo de diez años que aconsejarle cuando tiene treinta. Tan impropio sería para un padre tratar a un hijo adulto como si fuera pequeño, como que éste reprochara a su progenitor un trato paternal durante su infancia.
La bioética existe desde apenas una cincuentena de años, un tiempo mínimo en comparación con la existencia de la medicina. Desde los tiempos más remotos, quienes tuvieron el oficio de curar lo hicieron con su ciencia, su conciencia y unas reglas de la profesión. Estas reglas van desde el juramento hipocrático a los códigos deontológicos vigentes en la actualidad y buena parte de la grandeza de la medicina se encierra en el espíritu de honorabilidad personal y servicio al bien de los enfermos que emanan de estos códigos, como afirma el propio Beauchamp.
Los códigos deontológicos sólo existen en algunas profesiones y muchas que no los tienen se están esforzando por tenerlo, señal de que no es algo tan negativo como muchos hoy día afirman. Si acudimos a la oferta de servicios profesionales del mercado comprobaremos que siempre deberemos confiar en la profesionalidad de quien nos proporciona el servicio y, a no ser que tengamos conocimientos del tema o nos dediquemos a comparar diversas opiniones, la palabra del profesional será ley para el cliente.
Llegados a este punto enunciaremos las dos tesis de este editorial: la primera y principal es que sin la vivencia de una ética profesional correcta no es posible edificar la bioética, la segunda es un corolario, no se debe hablar de la deontología como un mal del pasado que ha sido superado. Del mismo modo que la física de Einstein no anula la física de Newton, pasando ésta a ser un caso particular de aquella, y a nadie se le ocurre hablar despectivamente del físico inglés, igualmente el desarrollo de la bioética no anula la deontología. Cierto que la deontología cubre no sólo aspectos de la ética profesional en relación con los pacientes, que afectan directamente al principio de beneficencia, sino también de la relación de los profesionales entre sí y reglamentación de la profesión para protección de la sociedad que, si bien no afectan tan directamente a la bioética, hacen más virtuoso el ejercicio profesional.
Si fracasa la ética profesional el principio de beneficencia será violado en numerosas ocasiones y sólo si los afectados son muy despiertos llegarán a darse cuenta. Pongamos el ejemplo de los ensayos clínicos, según la legislación vigente parece que se respetan todos los principios de la bioética, pero los profesionales pueden tender sutiles trampas que atenten contra los pacientes sin que éstos ni la administración se percaten. Proponemos, por tanto, que los profesionales (biólogos, farmacéuticos, químicos, enfermeros, médicos, odontólogos, psicólogos,) interesados en la bioética tengan igual interés en el perfeccionamiento y aplicación en sus respectivos colegios profesionales y en su propio quehacer diario del código deontológico.
Esto es lo mismo que sugerir que uno de los pilares de la bioética sea el desarrollo de un ejercicio profesional virtuoso, en el doble sentido de la palabra. Esto lleva la bioética a la primera línea del ejercicio profesional diario. Al fin y al cabo los grandes temas de la bioética, tanto en la clínica como en el laboratorio de investigación, surgen de una decisión personal en el ejercicio de la profesión.
