EDITORIAL SEPTIEMBRE 1999
LA BIOÉTICA Y LA CULTURA ACTUAL
Introducción
La naturaleza social del hombre y sus capacidades le erigen como un creador de cultura. La cultura es connatural a su naturaleza humana y abarca todas las dimensiones de su persona, su biología, su inteligencia, su afectividad y también su dimensión ética. No existe ningún otro ser en nuestro mundo que elabore y transmita cultura; la cultura es del hombre y para el hombre. Por tanto, ésta nos une a las generaciones pasadas y a la vez nos compromete con el futuro, pues asumimos el legado de la historia de la humanidad y elaboramos la nuestra propia para lanzarla al futuro para crear y participar en el avance cultural y en el progreso.
La contemplación del momento histórico-cultural en el que estamos inmersos, resulta complejo y plantea interrogantes de difícil respuesta. Los cambios producidos por los medios de comunicación y los descubrimientos biotecnológicos abren la puerta a intervenciones que, hasta hace unos años, eran insospechadas en el ser humano. Asimismo, las pluralidad de morales y las distintas corrientes ideológicas nos sitúan ante un futuro incierto en cuanto al diseño de la cultura. Esta situación no debería comportar aflicción o añoraza ante "cualquier tiempo pasado fue mejor", mas al contrario, nos coloca ante un avance o reto nunca antes asumido por la humanidad. ¿Por qué? Porque el fin de la cultura es la humanización del hombre, esto es, ayudar al hombre a través del progreso a su propia realización en todas sus dimensiones personales y sociales. No faltan elementos positivos que muestran un camino hacia delante en nuestra cultura actual como son los derechos humanos, la promoción de la mujer y la libertad religiosa. La situación cultural que existía al finalizar el primer milenio en el que se discutía, entre otras cosas, si los esclavos u hombres pertenecientes a otras razas -exceptuando la raza blanca- poseían alma espiritual ha sido felizmente superada en la actualidad por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que reconoce la dignidad intrínseca de toda persona. Nadie se atreve, hoy, a negar este principio rector. Ahora bien, el rápido desarrollo de la biotecnología que posibilita nuevas formas de intervención sobre la vida humana y la promulgación de leyes que rigen estas tecnologías han tenido una influencia radical en la forma del hombre de verse a sí mismo y a sus semejantes.
El hombre actual y nuestra cultura están fragmentados por la gran afluencia de conocimientos y acumulación de saberes donde se encuentra a faltar un humanismo serio, esto es, que corresponda a las verdades sobre el hombre y su entorno. Es en este aspecto, donde la bioética debe jugar su principal aportación. A ella le corresponde situar la dignidad de la persona humana como corolario de las posibles intervenciones, pero mucho más importante es ayudar a encontrar a todos los profesionales y a la conciencia social aquellas directrices que permitan a cada uno hacerse cada vez más digno de su condición humana y por tanto de su humanidad. Este aspecto nos recuerda que hay posibilidades de actuación que hoy son factibles, pero que no deberían realizarse. Piénsese en la producción y posterior congelación de embriones humanos en el laboratorio a los que nadie sabe o puede conceder un destino ética y universalmente válido que corresponda a su condición humana. La bioética entrará en la cultura y en la Historia si sabe fundamentar antropológicamente sus principios y valores universalmente válidos, de lo contrario se convertirá en un pacto de mentira, que el propio transcurso del tiempo eliminará, de la misma manera que la ciencia elimina al mentiroso y al oportunista. A la bioética le corresponde en estos momentos clamar por los deberes y las exigencias que requiere, sobre todo el respeto a la vida humana en cualquiera de las fases en que se encuentre, ante una ciencia imparable que somete la razón a la materia, que somete la regla ética universal de respeto al otro al beneficio económico y a la eficacia.
La bioética, como nueva disciplina va a jugar un papel fundamental en el plano cultural en cuanto a sus determinaciones sobre la naturaleza y los procesos que corresponden al hombre considerando a la cultura como ese modo particular que tienen los hombres de cultivar su relación con ella y los otros hombres para lograr una existencia plenamente humana. La primacía de la vida humana, por tanto personal, sobre ideologías, intereses o utilidades es la aportación cultural que corresponde a esta nueva y joven disciplina.
