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ASSOCIACIÓ CATALANA D'ESTUDIS BIOÈTICS

EN PROFUNDIDAD

El Informe Warnock

J. Vidal-Bota

 

 

El

Parlamento británico, decidió regular legalmente la investigación con embriones humanos que se estaba realizando en el Reino Unido desde finales de la década anterior. Se acordó fijar unos límites en la manipulación embrionaria y crear una autoridad que hiciera cumplir estos límites y dirimiera los conflictos que se generaran: la HFEA (Human Fertilisation & Embryology Authority). Para ello se constituyó una comisión integrada por 15 miembros de diversa procedencia académica y laboral y presidida por la filósofa de Cambridge Mary Warnock. Esta comisión sería la encargada de determinar las implicaciones sociales, éticas y legales de los progresos en el terreno de la reproducción asistida y de fijar el período del desarrollo embrionario durante el cual debería permitirse la investigación con embriones humanos.

Respondiendo así a los deseos del parlamento británico, el informe final del comité (Informe Warnock, 1984) fijó por consenso la edad de 14 días tras la concepción como edad límite para la investigación. De esta manera se daba luz verde a las manipulaciones que exigían los tecnólogos de la reproducción asistida.

Con el fin de dar mayor consistencia a las conclusiones y facilitar su aceptación por la opinión pública, los miembros de la comisión adoptaron el nombre de "pre-embrión" para denominar al embrión humano menor de 14 días. Sin embargo, en ningún momento entraron en la discusión de la condición última del embrión humano, limitándose a fijar unos límites pragmáticos y a buscar algunas razones de conveniencia que pudieran hacerlos más aceptables.

"The Warnock Report (1984), and most subsequent related documents, have signally failed to make such an assessment. The Public Consultation Document is similarly lacking in this respect. How medical treatments or scientific protocols can be devised without first determining the characteristics of the patient is beyond our comprehension; such a lack of clarity and diagnosis is certainly a gross departure from the rigours of traditional medical practice and good science. We fear that the Warnock Report’s vague assertion that “... the human embryo is entitled to some measure of respect ...” has become unthinkingly embedded in the minds of too many policy makers as if it were an absolute moral principle upon which the future of human embryos can be settled.

"In 1984 the Warnock Commission, asked to address these life questions, made its report to the British government. More important than its recommendations was its rationale and what it says about moral rationality (as distinct from rationalization). Dame Mary Warnock, herself a moral philosopher at Cambridge, says the commission operated on the premise that "nobody is an expert in morality." In matters of life and death, of birth and family, there is no right or wrong. "These are areas which are central to morality, and everyone has a right to judge for himself," writes Dame Mary. There is neither moral truth nor moral reason nor binding communal tradition, there is only individual moral preference. That idea perfectly exemplifies what Alasdair MacIntyre calls "modern emotivism" run amock. Dame Mary's insouciance is unruffled by the awareness that "both medical science and opinion within society may advance with startling rapidity." What will be permitted is what the market will bear, and the market is determined by technology and those who control it--tempered only by the marvelously malleable moral authority that is public opinion."

(R.Neuhaus, 1987- THE WAR AGAINST REASON)

Como sucediera ya en 1973 con la decisión norteamericana que dio luz verde al aborto (Wade versus Roe), en Inglaterra se repetía la estrategia biopolítica y biolegal de convertir lo prohibido en permisible y ésto en lo esperado. Si en Estados Unidos los tribunales evitaron dirimir la naturaleza del no nacido para poder así legalizar la acción de darle muerte, igual ocurriría diez años más tarde en el Reino Unido con el embrión humano.

En esta ética sin razón, en esta manera emotiva de conducirse, se deja el peso de la decisión a la preferencia caprichosa, a gustos que se forjan con las leyes del mercado (y se someten a quienes lo dirigen). Sólo la opinión pública actúa quizás como elemento de moderación.

Esta actitud parece encontrarse sin embargo muy lejos de la mentalidad objetiva de la ciencia médica. La conducta del médico busca sin cesar la realidad de las cosas para apoyar en ella sus decisiones. Se halla sometida - en lo posible- a la evidencia. Por eso, no se conforma con ver en los enfermos máquinas andantes: ve pacientes, procura ver personas que sufren.

Si se prescinde de la verdad de las cosas, de aquello que son realmente, y se toman decisiones de vida o muerte con el único fundamento de las preferencias personales o en base a teorías filosóficas o a opiniones sometidas a la manipulación de la propaganda, entonces posiblemente no quede ya lugar para la ética médica.

Se trata de nuevo de la pugna entre situar al ser humano en el centro o relegarlo a la triste función de medio en favor de un pretendido progreso científico del que se desconoce la dirección y la meta final.

El profesor Fernández Burillo examina en un breve análisis los actores y paisajes de este drama: personas, actitudes, fenómenos culturales, falacias... Se entreven incluso estrategias y manipulaciones que han influido sin duda en la forma como se toman hoy las decisiones bioéticas en el inicio de la vida humana.

 

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