![]() LA RELACIÓN CLÍNICA Albert Balaguer Santamaría Doctor en Medicina Profesor Asociado de Pediatría. Universidad Rovira i Virgili. Servicio de Pediatría. Hospital Sant Joan de Reus.
salud, al tiempo que se sabe afectado por sus mismos problemas.
Al fin y al cabo, uno no puede obviar su condición, pasada, presente
o futura de enfermo. Junto a mi opinión, trataré de seleccionar
del discurso de autores de reconocido prestigio en este campo aquellos
conceptos que me han parecido de mayor interés. 1. Respeto al ser humano enfermo.
En mi opinión, aunque estas premisas no abarcan toda la realidad del ser humano, proporcionan una buena base para edificar una relación adecuada. Algunos de los conceptos que aquí aparecen merecen una especial atención: persona, dignidad, respeto. Cada persona es irrepetible e insustituible: espiritualidad, libertad, intimidad y capacidad de amar y ser amado son atributos que nos acercan a la comprensión de esa dignidad humana y al respeto al que ésta hace acreedor. Algo es digno cuando es valioso por sí mismo, y no sólo ni principalmente por su utilidad. La dignidad no es relativa, no está sujeta a la "calidad de vida" ni a la capacidad de manifestar las potencias propias de los seres humanos sanos (racionalidad, autoconciencia, libertad, "autonomía",...). La dignidad tampoco depende de la percepción que otro o uno mismo pueda tener de sí mismo y de su propia vida.
Por parte del que se pone en contacto con el enfermo, el
respeto de su dignidad incluye el esfuerzo por comprender las circunstancias
que rodean su situación física o psíquica. Éstas
hacen que, a veces, la relación sea difícil, penosa, desagradable.
Por parte de ambos será preciso superar desconfianzas, estados
de ánimos y cansancio. En ese enfrentarse con el sufrimiento, tanto
el cuidador como el enfermo pueden desertar o tomar de allí ocasión
para crecer. Ambos deben tratar de descubrir, detrás del dolor,
la posibilidad que se les brinda para hacerse más fuertes, mejores. Dada la situación del enfermo, siempre es el personal
sanitario el responsable de que determinados valores anejos a su dignidad
se materialicen de la forma adecuada a cada caso: la guarda de la confidencialidad,
el respeto a su intimidad, su derecho a la información y a su participación
en la decisión médica, a no ser de ningún modo discriminado
por razón de origen, de creencias o de capacidad económica
o social. Porque, ante el enfermo, la noción
de que todo ser humano merece respeto, cobra un significado nuevo. En
el enfermo podemos reconocer lo que Melendo ha llamado la dignidad
desnuda: ese relieve particular que adquiere la dignidad cuando
se fundamenta exclusivamente en ese acto de ser personal, espiritual,
cuando las restantes manifestaciones de la grandeza humana resultan como
anuladas, ocultas, o son casi inexistentes. Como abunda Caldera, la dignidad
inalienable del hombre se muestra sobre todo cuando no hay en él
nada más que su humanidad. Cuando ya no le queda juventud,
belleza, poder, inteligencia, riqueza o cualquiera otra de esas características
por las cuales una persona puede dispensarnos un favor, sernos agradable,
ser un motivo de atracción. Cuando a una persona no le queda nada,
sino su condición de persona en sufrimiento, en ese
momento se pone de relieve con mayor elocuencia su dignidad inalienable.
Por ello, en ese momento, la llamada a mostrar amor a la persona es una
pieza esencial de la cultura moral, del cultivo del corazón humano,
y piedra de toque de la civilización. Cuando un enfermo está inconsciente
o sus capacidades mentales o físicas están muy deterioradas
o muy poco desarrolladas, es cuando el respeto y afecto por la persona
son más necesarios y meritorios. Es el caso del paciente terminal,
el niño o el no nacido. Para valorar su dignidad en estas especiales
circunstancias, se precisa una inteligencia sensible, no encallecida por
el materialismo o por el pragmatismo y la comodidad. En la manera de tratar
a ese ser enfermo se manifiesta y se perfecciona la dimensión humana,
tanto personal como colectiva. Con un símil militar, quizás
poco apropiado a nuestros tiempos: lo que diferencia un ejército
de una banda de forajidos o el soldado bueno del vil es que el primero
no abandona al compañero herido. (top)
2. Respeto y estima.
El proceso de diagnóstico y
tratamiento exige una comunicación adecuada. De hecho, el profesional
no puede hacerse cargo del problema del paciente sin una buena información.
Las dificultades que puedan surgir en este punto no pueden ser atribuidas
exclusivamente al enfermo. Es necesario un esfuerzo eficaz por conectar
y ganar su confianza. El secreto para ello no estará tanto en el
uso de técnicas sofisticadas de comunicación, como en contemplar
al paciente como un igual, quererle, tratar de comprenderle. Es preciso entender al paciente como
sujeto unitario, pues la enfermedad no afecta sólo a un órgano
o a un sistema, sino a la persona entera. Comprender que, por encima de
determinada patología, hay un ser doliente que pide ayuda. Hay
una vieja fórmula que debería presidir toda relación
humana: ponerme en el lugar del otro, tratarle como me gustaría
ser tratado. Una receta que sólo es sencilla en apariencia,
pues todos sabemos que su cumplimiento sólo estaría garantizado
por un estado de bondad natural del que carece nuestra naturaleza.
La persona nunca es un ser aislado,
por eso es tan importante tratar de entender sus circunstancias y su entorno.
La familia y el resto del entorno del enfermo tienen un papel relevante
en todo este proceso. En muchos casos los familiares más directos
sufren las consecuencias de la enfermedad tanto o más que el propio
paciente. Hay procesos en que esto se hace muy patente: enfermedades psiquiátricas,
procesos degenerativos, pacientes inconscientes
. En otras ocasiones
sin embargo la implicación familiar es menos aparente. Siempre
es provechoso considerar que, con el paciente, se está tratando,
de algún modo, a toda la familia. Por otra parte, un entorno de
cariño y de estímulo influye muy positivamente en el proceso
de recuperación, en una medida difícil a veces de entender.
El profesional de la salud mantiene
ante el enfermo como una doble posición. Se trata de alguien que
ante un ser sufriente ha de ser capaz de padecer con él (esto justamente
es la compasión, padecer con el otro); pero tiene por delante una
labor profesional que exige eficacia. Por eso la relación clínica
ha de ser lo suficientemente equilibrada, para que la implicación,
personal, afectiva, permita una actitud serena y objetiva, pues el proceso
de diagnóstico y tratamiento requiere poner la inteligencia por
encima del corazón. Para buscar las causas del problema y sus soluciones
se necesitan, a veces, procedimientos dolorosos o aparentemente estériles
a corto plazo. Se trata, en definitiva, de un proceso para el que es necesaria
una afectividad y emotividad maduras, pues una actitud excesivamente sentimental
podría ser perjudicial tanto para el paciente como para el profesional.
El respeto y la confianza mutuos son
imprescindibles en el trato entre paciente y profesional. Sin embargo,
en la actualidad este punto de partida no siempre se cumple. En las últimas
décadas, parece que la creciente complejidad de las sociedades
avanzadas ha favorecido el deterioro de esta relación. Una consecuencia
palpable ha sido el aumento de reclamaciones, canalizadas con frecuencia
por vía judicial. ¿Cuales son las razones de esta tendencia?
¿Hay actualmente más errores o más negligencia que
hace 20 años? Parece que no. Probablemente se da un conjunto
de causas que afectan a ambas partes de la relación: evolución
sociocultural que supone mayor implicación de todos en los procesos
de salud; mayor exigencia de eficacia; búsqueda de compensaciones
económicas; mala información; y la existencia de abusos
por parte de algunos profesionales. Seguramente, subyace influye además
cierta tendencia al materialismo que lleva a relegar valores como la honradez,
lealtad, sentido de justicia, compasión, aceptación del
sufrimiento
Las repercusiones de esta tendencia en el terreno práctico
son muy negativas. Por ejemplo, impulsa a los profesionales a realizar
más actuaciones, más pruebas y procedimientos, con el objeto
de protegerse legalmente. Este estilo de práctica médica,
que ha venido a llamarse medicina defensiva, provoca más
gastos y más desconfianza, y es injusta con los sectores sociales
más indefensos. Sin duda la recuperación de
la confianza mutua irá de la mano del progreso personal y social
en valores éticos, sin descuidar los mecanismos capaces de prevenir
y poner solución a posibles abusos. La visión cristiana de la relación
con el enfermo es la mejor escuela de humanidad. Hay enseñanzas
evangélicas que, a mi entender, han sido verdaderamente superadoras
del humanismo clásico. Amar al prójimo como a uno mismo,
amar al enemigo, amar hasta entregarlo todo (como Cristo hizo), y percibir
la presencia divina en el débil (Cuanto hicisteis a uno de
estos hermanos míos más pequeños, a mí me
lo hicisteis.) Ahí se enseña el cariño, la
ternura, en definitiva: el amor que supera a la justicia (el respeto al
igual) con el que todos querríamos ser tratados. Las enseñanzas
de Cristo recordemos la parábola del buen samaritano,
o su ejemplo con los enfermos, han sido inspiradores de una tradición
riquísima de entrega que, el cristianismo - y la Iglesia Católica
en particular- ejercen en el mundo más necesitado. Los ejemplos,
muchos de ellos heroicos, son incontables a lo largo de estos 21 siglos.
Los testimonios actuales nos llevan desde los barrios marginados de grandes
ciudades, hasta países de mayoría cultural y religiosa diferente
o incluso hostil, donde el cuidado amoroso ha sido pagado, a veces, con
odio y con muerte. Y esa labor, lógicamente, no se reduce a la
enorme cantidad de iniciativas oficialmente cristianas, sino sobre todo
al poder inspirador que ha hecho que tantos cristianos y no cristianos
hayan aprendido no sólo a verse a sí mismos en el enfermo,
sino a reconocer en él a Dios mismo. (top) 3. Profesionalidad
Cualquier esfuerzo que realiza la
persona enferma para ponerse en contacto con un profesional de la salud
lo efectúa bajo la premisa de la competencia de éste. Este
es un punto que obliga al trabajador de cualquier campo. Sin embargo,
en materia de salud la llamada se hace más acuciante. La muestra
de confianza del que pone en manos de otro lo más valioso que posee
obliga muy especialmente. Y esa obligación no se limita al respeto
o interés. Aquí, como en cualquier otro orden de la vida,
no basta la buena voluntad, es precisa la competencia. Se requiere, pues,
estudio, puesta al día permanente, calidad, excelencia en el trabajo.
En la última década,
médicos de diversas especialidades, sobre todo epidemiólogos,
han llamado la atención sobre la escasa base científica
que sustenta algunas actuaciones sanitarias. Esta inquietud ha cristalizado
en una forma de ejercer la medicina que se conoce como medicina
basada en la evidencia (una incorrecta traducción de evidence
based medicine, que más bien debería llamarse medicina
basada en lo empíricamente probado). Los promotores de esta
corriente han propuesto la revisión de muchos planteamientos basados
en tradiciones o intuiciones no siempre comprobadas, o en el seguidismo
ciego de las opiniones de expertos. En todo caso se trata
de un intento de que las actuaciones en el campo de la salud se hallen
presididas por la objetividad y sean técnicamente correctas, a
la luz de las mejores certezas disponibles. Como cualquier movimiento, la radicalización
de éste no se halla exenta de peligros. Algunos de ellos son: el
reduccionismo de pensar que sólo es verdad lo empíricamente
demostrado o el riesgo práctico de reducir los problemas humanos
a cifras y al seguimiento de protocolos eficientes, en términos
de costo-beneficio
Sin embargo, pienso que el balance es positivo
y que la sana preocupación por los datos científicos y objetivos
que este movimiento promueve, está teniendo repercusiones positivas
y trata de corregir abusos y errores. Junto a los conocimientos adecuados,
es necesario asimismo que los profesionales se pregunten si poseen la
experiencia necesaria para ayudar al enfermo de la forma adecuada, o si
otras motivaciones (económicas, de prestigio, etc.) dominan algunas
de sus decisiones. No significa esto que haya de decidirse en toda ocasión
quien o quienes son los mejores, los ideales para atender a cada enfermo.
La prudencia y el sentido de justicia nos recuerda que los recursos son
limitados y deben repartirse de una manera proporcionada. Pero sí
que resulta necesario que el profesional mantenga una cierta autocrítica
y un conocimiento de las propias limitaciones que le lleven a saber consultar
y a plantearse cuándo puede resultar conveniente transferir un
paciente a otro equipo, poniendo el bien del enfermo por encima de otras
consideraciones personales. A un amigo médico le chocó que
un paciente valorara en él la honradez de reconocer su ignorancia.
En una carta de agradecimiento, el paciente le decía algo así:
buscar en los libros síntomas que no se conocen o suenan
a raros, es de profesionales: y Ud. lo hace. Y es que, por encima
de otras cosas, todos valoramos la sencillez del que reconoce lo que no
sabe y se preocupa de encontrar respuestas. (top) 4. Respeto
a la autonomía del paciente: En la clásica relación
clínica, pudo primar la perspectiva del profesional: el "deber"
del médico de hacer el bien ("beneficencia") que se traducía
en el objetivo de la curación sobre otras consideraciones. Esta
concepción ponía quizás un énfasis excesivo
en la autoridad que tenía el sanitario como experto. Esta autoridad
podía acabar fácilmente en autoritarismo proteccionista.
Se ha hablado de esas relaciones como paternalistas en un
sentido peyorativo. El médico sabía lo que convenía
al paciente, este debía limitarse a cumplir las órdenes
que se le daban. Con el progreso sociocultural fue tomando cuerpo la consideración
de que el paciente debía participar activamente en las decisiones
sobre su propio bien, llegando a un modelo de relación en el que
la autonomía del paciente podía contemplarse como el supremo
fin. El error aquí podía radicar en identificar "el
bien del enfermo" con lo que este quería en cada momento.
Algunos autores han propuesto una superación
de esas concepciones acentuando otros aspectos. Así Pellegrino
y Thomasma proponen un modelo de "beneficencia fiduciaria" (beneficence-in-trust.)
Se trata de una beneficencia que trata de huir del paternalismo. No se
trata de decidir por el paciente en virtud de la presunta
superioridad del criterio médico, sino de decidir con
el paciente. Aquí los valores del enfermo son bien conocidos por
el profesional al que le confía una cierta capacidad de gestión
sobre ellos. Se subraya la intensa relación entre paciente y médico,
un compromiso, basado en la confianza, para la gestión de los valores
y la toma conjunta de decisiones. Cabe, además, otra visión
de la relación médico-enfermo: una actitud basada en la
"benevolencia". Se trata de buscar lo mejor para la persona
del enfermo, entendiendo la persona en todas sus dimensiones. Esa actitud
de respeto a la realidad integral de la persona es, como subraya Spaemann,
algo supremo, un reconocimiento de corte trascendental, en suma, la forma
más noble del amor de amistad", el amor de benevolencia. De algún modo en lugar de paternalismo
frente a autonomismo se podría hablar también
de relación fraternal, donde uno de los dos es el experto.
Porque en la práctica, si se llega a un buen grado de identificación
entre médico y paciente, el momento de la toma de decisión
se concreta muchas veces en un: pero, bueno, doctor, y usted
que haría en mi caso o ¿Y que haría Ud.
si fuera su
padre, hijo
? Eso mismo es lo que ocurre
cuando un profesional consulta a otro, y acaba: pero, en confianza,
¿tu que tu harías? Por eso, aunque el proceso de información
es esencial y debe ser custodiado para que otros intereses, la falta de
tiempo, o la simple desidia puedan favorecer la imposición de unos
criterios no compartidos, es muy importante el clima de lealtad y confianza
que debe envolver toda la relación clínica. Ésta
idealmente sería mejor si ambas partes compartieran valores o criterios
esenciales. (top) 4.1. Información,
consentimiento informado. Para poder intervenir en las decisiones
el paciente debe conocer su situación clínica lo mejor posible.
La importancia de esto ha hecho que el proceso de informar se haya ido
estructurando como una parte más de la atención médica.
Sin embargo el modo de efectuarlo debe ser el adecuado a cada caso. Es
preciso hacerse una idea de los conocimientos previos del paciente, el
momento de la evolución de la enfermedad, su estado anímico,
sus expectativas
Son tantas las circunstancias, que no pueden haber
patrones fijos: cada persona merece su propia atención especial. Muchas experiencias han mostrado cómo
una información personalizada, proporcionada por el médico
de confianza, en un clima de respeto y afabilidad, mejora el cumplimiento
de los tratamientos y la evolución de la enfermedad. También
está documentado el hecho de que detrás de muchas de las
insatisfacciones y reclamaciones se encuentramás a menudo una información
deficiente o inadecuada, que verdaderos errores o negligencias. Un hecho nuevo al que todos nos enfrentamos es la gran disponibilidad de información. Las nuevas tecnologías, fundamentalmente informática e Internet, han permitido a los profesionales un salto cualitativo en las posibilidades de actualización y difusión de sus conocimientos. Para pacientes y familias han supuesto también una magnífica fuente de información, de conexión con grupos de personas con la misma enfermedad, etc. Algunos acuden a estas fuentes para complementar o comparar la información recibida de su médico, otros tratan de buscar allí alternativas de solución. Este interés creciente por la información de salud se refleja también en el incremento de noticias en la prensa. En España, según un reciente estudio, éstas pasaron de 5.984 en 1997 a 11.945 en el 2000. Junto con las ventajas que tiene este fácil acceso a cantidades ingentes de información, también hay motivos de preocupación importantes. Algunos estudios muestran que, en el año 2001, casi la mitad de los datos médicos aparecidos en Internet eran incorrectos y un 20 por ciento potencialmente nocivos. Los profesionales deben se
r capaces de advertir a los usuarios
de la posible de falta de rigor de ese material, orientar convenientemente
a los pacientes y tratar de ofrecerles una información personalizada
y rigurosa. Ante enfermedades graves la información
adquiere un relieve especial. Cuando el pronóstico es malo o son
muchas las posibilidades de secuelas o muerte, o simplemente el grado
de incertidumbre es muy alto, la comunicación debe ser todavía
más cuidadosa. Ante la noticia dolorosa el paciente o su familia
experimentan diversas reacciones. Las distintas fases que, con variaciones,
se pueden sufrir al recibir estas malas noticias están bien estudiadas:
Choque negación - ira/enfado - negociación - depresión
- resignación/aceptación. Por eso la comunicación
debe ser adecuada a cada caso y cada momento. Aunque haya que respetar
siempre la verdad, su manifestación al paciente no tiene porqué
ser, siempre y necesariamente, completa e inmediata en un primer momento.
Se pretende evitar que la propia información llegue a hundirle
y a darle tiempo para tomar fuerzas para asimilar su situación.
Se trata, de hecho, de aplicar el criterio clásico del primum
non nocere lo primero, no dañar. En este contexto
se ha acuñado el término de la verdad tolerable
o asumible. Ésta es la que cada paciente necesita en cada momento.
Saber cual es en cada situación requiere conocimiento del paciente
y del espíritu humano, sensibilidad y experiencia. La familia siempre
será un elemento imprescindible a tener en cuenta en este contexto.
En cualquier caso, el paciente tiene
derecho a conocer toda la verdad de su proceso. Aunque se pueda prever
sufrimiento, tiene derecho a conocerla en toda su extensión, especialmente
cuando el final parece próximo, o cuando un estado de pérdida
de conciencia se prevea cercano. Nadie tiene el derecho a negar el conocimiento
de esta verdad al que puede querer prepararse para su sufrimiento o la
muerte con pleno conocimiento y aceptación. Sería un grave
error pensar que es mejor ocultar su cercanía con la excusa de
disminuir su angustia. En cambio, estos momentos duros, muchas veces cargados
de una lucidez especial, cuando uno se enfrenta a las verdades más
dolorosas o a su destino eterno, es cuando más apoyo humano y espiritual
necesitamos. Cuando el enfermo necesita a su lado las personas que quiere
y cuando precisa,más que nunca, disponer de la ayuda y el consuelo
espiritual que la religión proporciona. Se ha definido como consentimiento
informado la conformidad voluntaria y consciente de un paciente, después
de recibir la información adecuada, para que tenga lugar una actuación
médica. Este aspecto de la relación clínica ha recibido
mucha atención por parte de los legisladores. Recientemente ha
sido promulgada en nuestro país la Ley básica de Autonomía
del Paciente de 2002, que recoge esa definición casi textualmente.
Desde el punto de vista legal se reconoce
que la información y el consentimiento correlativo deben efectuarse,
por regla general, verbalmente; aunque el profesional deberá dejar
constancia escrita del acuerdo en la historia clínica. En algunas
ocasiones especiales el paciente deberá, además, firmar
un documento que recoge los puntos esenciales de la información
recibida. Esta situación que, tiene más implicaciones legales
que éticas, está prevista en los casos de intervención
quirúrgica, procedimientos diagnósticos y terapéuticos
invasores, así como de la aplicación de procedimientos que
notoriamente comporten riesgos o inconvenientes para la salud del paciente.
La ley prevé, además, algunos casos es los que no se requiere
el consentimiento: cuando haya riesgo para la salud pública, o
riesgo inmediato grave para la integridad física o psíquica
del enfermo. En definitiva, las leyes tratan de garantizar el consentimiento informado como un mínimo de participación del paciente en las decisiones: ser informado y aceptar las medidas que se le proponen. Sin embargo, pienso que hay que entender esa norma como el mínimo exigible, y siempre que sea posible, en el entorno de confianza de una buena relación clínica, debe posibilitarse que su participación sea tan amplia como pueda. El derecho-deber del consentimiento informado no puede ser contemplado como un trámite, como un papel que debe ser firmado tras una lectura más o menos angustiada. No debería tampoco convertirse sólo en un documento legal, en un instrumento de defensa frente a quejas y denuncias. En todo caso nunca debería ser un ritual que sustituyera el diálogo, la conversación sincera y sosegada entre el enfermo o la familia y el médico, como forma de llegar un acuerdo sobre la actuación médica que se considera más adecuada para su caso. (top)
4.2. Voluntades
anticipadas (instrucciones previas, testamento vital) Todos sentimos repulsión ante
el sufrimiento. Cualquiera puede sentir más vivamente, en algún
momento de su vida, el temor al dolor, a padecer una enfermedad terrible,
o a quedar abandonados. O puede tocarnos vivir realmente esta experiencia.
Pero la muerte voluntaria no es la salida. El suicidio, al privar del
mayor de todos los bienes, es radicalmente contrario a la inclinación
natural de los seres vivos. Además, supone abdicar de la dignidad
que se tiene como persona y abandonar y dejarse abandonar por
la comunidad humana. Los médicos, en cambio, no tienen
la solución al sufrimiento producido por la falta de cariño,
por sentirse abandonado, carga inútil para los demás. Aunque
detrás de esos sentimientos puede esconderse una enfermedad depresiva
que sí puede ser curada o aliviada. La experiencia de las personas que
han estado al lado de muchos pacientes terminales es unánime: lo
más importante, desde el punto de vista humano, es no sentirse
solos. Hace tan sólo dos días oí como María,
enfermera de un equipo de atención paliativa domiciliaria, explicaba
que en diez años de dedicación, el número de personas
que le habían pedido morir se podían contar con los dedos
de una mano. Ninguna de ellas repitió la petición cuando
empezó a recibir sus cuidados y afecto. Como a tantos, también
me ha tocado ver morir a familiares y pacientes. En ocasiones a niños
con enfermedades dolorosas que a nuestra vista son un misterio incomprensible:
Joan, que me hacía ver trozos de su película favorita (una
película de amor preciosa, por cierto) o Antonio con toda su musculatura
paralizada por una enfermedad degenerativa, o José, afectado por
un SIDA contraído por una transfusión de sangre. Los tres,
ya mayorcitos, pasaron sus últimos días como en una fiesta,
recibiendo cariño y enriqueciendo la vida de los que les rodeaban.
Es cierto que la vida, como la muerte, está muchas veces teñida
de misterio. No alcanzamos a comprender todo su sentido, pero el cierto
dominio que tenemos sobre ella no nos da derecho a desecharla cuando se
nos hace más difícil, incomprensible o dolorosa. Como el
niño que, para intentar entender el funcionamiento de un juguete
lo desmonta pero, al descubrir su aparente complejidad, disgustado lo
destroza. Copio el testimonio de un enfermo en estado terminal por un
doloroso cáncer refractario al tratamiento. Se trata de Magaly
Llaguno, Director Ejecutivo de Human Life International's: Lo que
los pacientes terminales necesitamos es una compasión real, no
aparente, que es la única que nos ofrecen los que promueven el
suicidio asistido y la eutanasia. Necesitamos un oído amigo, una
palabra amable, pero más que nada, necesitamos el amor con compasión
de quienes nos rodean. Donde no hay familia o amigos que puedan proveer
este amor, éste tendrá que venir del personal sanitario.
Se espera que los médicos y las enfermeras ayuden al enfermo, ¡no
que se lo quiten del medio! Muy distinto de la pretensión
de una muerte planificada o del suicidio asistido, es el lícito
deseo de una muerte acompañada, a ser posible alejada de medios
súper-tecnificados, cuando éstos ya no cumplen su función.
Hay una cierta tendencia a pensar que
en los hospitales se cae fácilmente en el abuso de llevar los tratamientos
hasta extremos absurdos. Particularmente, a pesar de trabajar en un campo
que podría ser propicio para eso, no he visto que este sea verdaderamente
un problema. Esto es así por muchos motivos. El personal sanitario
cada vez es más sensible y se plantea con frecuencia si un tratamiento
puede ser desproporcionado o innecesariamente agresivo. Los tratamientos
en las Unidades de Cuidados Intensivos son muy costosos, no sólo
materialmente sino especialmente en recursos personales. Exigen un esfuerzo
intenso y continuado, intelectual, físico y emocional de todas
las personas implicadas. Las decisiones importantes siempre son colegiadas,
la selección de los pacientes ingresables en una de esas áreas
es muy estricta. Sólo son admitidos aquellos en los que se atisban
posibilidades reales de salvar la vida, no de retrasar por poco tiempo
la muerte. La mayor parte de UCIs tienen problemas de ocupación
que exigen ser muy precisos en dicha selección
Pienso que,
aunque no fuera nada más que por todas estas dificultades prácticas,
es difícil que, en nuestro entorno, se den actualmente estas situaciones
de empecinamiento o ensañamiento terapéutico.
La insistencia en este peligro, abusos
reales o supuestos y quizás la presión de los grupos favorables
a la regulación del suicidio asistido, han llevado a la promulgación
de leyes que defienden el derecho del enfermo a decidir cómo quiere
ser tratado en sus últimos días. Sin duda el deseo de una
muerte en paz es loable, aunque a mi entender, éste quedaría
asegurado con el normal cumplimiento de una conducta profesional deontológica
o éticamente correcta. Otras medidas, en cambio, podrían
facilitar esas aspiraciones con mayor eficacia. Más frecuente que el ensañamiento
terapéutico es el problema de las familias con la angustia
de tener un miembro en una fase avanzada de enfermedad o vejez. Ante su
empeoramiento, estas familias no saben si se trata de los últimos
momentos de su vida o si deberían intentar un último recurso
médico. En esas dolorosas circunstancias se ven impulsados a llevar
al hospital a su familiar; a veces con la conciencia clara de su final,
pero incapaces de afrontar la muerte en su propia casa. Estas situaciones
facilitan que algunas personas fallezcan en espacios hostiles como las
salas de urgencias, o las frías habitaciones de un hospital, quizás
sin dolor, pero con más sufrimiento interior. Más que legislación detallada,
las mejores acciones para proteger el deseo de una muerte humanizada,
serían aquellas que condujeran a un cambio de mentalidad, para
preparar y aceptar la muerte en casa o en espacios que permitieran su
decurso en las mejores condiciones... En este sentido, además de
facilitar los cuidados paliativos domiciliarios, se debería formar
a los cuidadores y familiares para saber afrontar estos momentos y ayudar
a otros a hacerlo. Para los casos en que no fuera posible la muerte en
el propio domicilio, la creación de espacios adecuados podría
ser una alternativa. Los hospitales deberían, también, disponer
de estancias en que se pudieran vivir esos momentos en compañía
de los seres queridos en un ambiente sereno de intimidad y paz. Bajo estos términos se entienden
aquellas normativas que prevén que "una persona mayor de edad,
capaz y libre, manifieste de antemano su voluntad, por si llegados
los momentos finales de su vida no fuera capaz de hacerlo. La normativa
contempla las voluntades del enfermo acerca de sus tratamientos y cuidados
de salud, pero también sobre el destino de su cuerpo y órganos
cuando llegue el fallecimiento. (Ley 41/2002 básica de Autonomía
del Paciente y de Derechos y Obligaciones en Materia de Información
y Documentación Clínica). Según la normativa española,
el testamento vital no puede entenderse como un mandato a otra persona
para que, llegadas determinadas circunstancias, acabe por acción
o por omisión con la vida del paciente. Esta petición estaría
fuera de la ley, pues se indica expresamente que: esta declaración
no tendrá en cuenta voluntades anticipadas que incorporen previsiones
contrarias al ordenamiento jurídico o a la buena práctica
clínica, o que no se correspondan exactamente con el supuesto que
la persona haya previsto en el momento de emitirlas. Para facilitar la manifestación
de las voluntades anticipadas, se han difundido diferentes modelos, aunque
cada uno tiene derecho elaborar ese documento de la manea que prefiera.
La propia Conferencia Episcopal Española ha divulgado uno que puede
salir al paso de otros que, bordeando o contraviniendo la ley, resultan
prácticamente peticiones de eutanasia. En él se condena
la eutanasia, se defiende la aplicación de los tratamientos adecuados
para paliar los sufrimientos, y se contempla la posibilidad de situaciones
en las que es legítimo e incluso obligatorio, abstenerse de aplicar
terapias no proporcionadas que servirían sólo para prolongar
abusiva, e irracionalmente el proceso de muerte. Una de las principales dificultades
del testamento vital es que contempla una situación futura que
el interesado no conoce en absoluto. Se trata de una declaración
efectuada en un estado anímico, de salud, etc. que puede ser muy
diferente de la real en los momentos cercanos a la muerte. Sin embargo,
esta dificultad está prevista pues dichas disposiciones pueden
cambiarse siempre que el titular lo desee. Otra limitación que surge en
la práctica es que si las instrucciones son muy genéricas,
aportarán pocos elementos nuevos en las decisiones. Por ejemplo
una declaración del estilo de: "no deseo que se me apliquen
tratamientos inútiles, que solo sirvan para retrasar la muerte"
no hace más que reafirmar lo que debe ser una buena praxis médica.
Por el contrario, si se intenta ser muy detallado y se admiten o rechazan
determinadas terapias, la declaración puede dejar de tener validez
en muy poco tiempo, pues el tratamiento referido puede haber quedado obsoleto
o sencillamente ser ya considerado como completamente seguro y eficaz. De cualquier modo, para los que lo
deseen, un documento de voluntades anticipadas puede ser muy interesante
para subrayar sus creencias o su deseo de mantener una conciencia lúcida,
a pesar del dolor que debería ser soportable. De esta
manera se recordaría a los cuidadores que se desea llegar a esos
momentos debidamente informado, con la mayor claridad mental posible,
y que se facilite el acceso del acompañamiento familiar y, si es
el caso, a la atención espiritual del ministro de su religión. En definitiva, está en manos
de todos volver a ver la muerte como un hecho natural, aunque doloroso.
Todos podemos intentar que el proceso de enfermar y morir esté
empapado de cariño y ternura. Considerar a la persona como ser
espiritual trascendente, con necesidades que superan las estrictamente
corporales, nos ayudará a hacerlo realidad a nuestro alrededor.
(top)
BIBLIOGRAFÍA
Correu de l'autor: jabs@fmcs.urv.es |
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