
Aproximación
al enfermo terminal y a la muerte.
Manuel
Sureda González.
Doctor en Medicina. Especialista en Oncología Médica.
- El profesional ante el enfermo terminal
- Comunicación.
- Cuidados paliativos.
- La muerte
- Eutanasia y encarnizamiento terapéutico
- Pena de muerte
- Bibliografía
1. El profesional ante el enfermo terminal
El aprendizaje en las ciencias de la salud consta de tres apartados fundamentales:
conocimientos, habilidades y actitudes. En el momento del ejercicio
profesional los tres interaccionan dinámicamente para dar como
resultado un correcto acto asistencial. Las habilidades y actitudes constituyen
la parte artística de la profesión sanitaria,
en cuanto conjunto de elementos personales que mejoran con el ejercicio
profesional, y que al actuar fundidas con los conocimientos, aportan calidad
y diferenciación.
El
acto asistencial tiene tres vertientes principales: curar, aliviar
y consolar. La contribución de cada una de ellas depende de
la situación clínica del paciente en ese momento concreto
y de los recursos sanitarios disponibles. Han de llevar inseparablemente
unidas dos vertientes secundarias, también en diferente medida
según los casos: rehabilitación y educación sanitaria.
En el currículum académico de las profesiones sanitarias
rara vez figuran materias directamente relacionadas con la enfermedad
terminal o la muerte. El contacto con estas realidades, de suyo difíciles,
que requieren una preparación específica, provoca un rechazo
instintivo en el profesional. Hay que asumir que el acto asistencial no
se limita a curar, sino también consiste en aliviar,
consolar, rehabilitar y educar.
Es
importante precisar el concepto de enfermo terminal, ya que, pese
a parecer intuitivo, la práctica demuestra una gran disparidad
de criterios a la hora de su aplicación a pacientes concretos.
El diagnóstico de síndrome terminal de enfermedad se produce
cuando concurren las siguientes circunstancias:
- enfermedad
de evolución progresiva
- pronóstico
de supervivencia inferior a un mes
- ineficacia
comprobada de los tratamientos
- pérdida
de la esperanza de recuperación.
Las
entidades patológicas que con mayor frecuencia conducen al síndrome
terminal de enfermedad son las afecciones crónicas del sistema
cardiovascular (arteriosclerosis, miocardiopatías), la enfermedad
pulmonar obstructiva crónica, el cáncer, y la cirrosis hepática.
El
pronóstico de supervivencia no siempre es fácil de precisar.
El estado general (v. g. índice de Karnofsky) y la entidad de la/s
insuficiencia/s orgánicas presentes ayudan a delimitarlo. En cualquier
caso ha de ser corto ante la atribución del carácter de
terminal a un enfermo, de modo que las decisiones a tomar en tal situación
no puedan lesionar sus legítimos intereses por una catalogación
equivocada.
Los tratamientos conocidos y de aplicación generalizada han de
ser probadamente ineficaces antes de establecer el carácter de
terminal de un paciente. En algunos casos puede plantearse la posibilidad
de administrar tratamientos experimentales.
Los
estudios preliminares sobre células o animales constituyen el primer
paso hacia la aplicación clínica de nuevos fármacos
o modalidades de tratamiento. Aquellos que alcanzan resultados prometedores
y ofrecen mejores expectativas que el mejor tratamiento conocido son administrados
a pacientes para comprobar su eficacia clínica, cumpliendo una
serie de normas éticas. Durante esta fase, y mientras los datos
estadísticos que avalan dicha eficacia no consiguen alcanzar el
consenso internacional, reciben el calificativo de experimentales.
La frontera entre tratamiento experimental y estándar no
siempre es clara. Hay pautas terapéuticas de eficacia demostrada
que no forman parte de la práctica habitual por requerir recursos
difícilmente disponibles, como por ejemplo algunas que utilizan
quimioterapia por vía intraarterial o precisan técnicas
quirúrgicas especiales. En otros casos depende de un proceso burocrático
que autorice para tratamiento habitual fármacos que ya han cumplido
todos los pasos preliminares de investigación y aplicación
clínica.
Aunque la calificación de terapia estándar llegue tras un
estudio comparativo, confirmatorio de datos previos conocidos, el tratamiento
beneficia de igual modo a las personas que lo han recibido previamente
a la publicación de los resultados que a las que lo han recibido
con posterioridad. Por tanto, cumplidas las premisas éticas que
garantizan el respeto a su dignidad de persona, es inadecuado considerar
al paciente que recibe un tratamiento experimental como un cobaya humano.
Los países occidentales disponen hoy en día de especialistas
bien preparados y de centros dotados con el equipamiento necesario para
el correcto diagnóstico y tratamiento de la gran mayoría
de enfermedades. Los progresos se difunden a gran velocidad a través
de las revistas y congresos especializados, permitiendo ofrecer los últimos
avances a un número cada vez mayor de pacientes. En algunos países,
sin embargo, existen modalidades de tratamiento experimentales o simplemente
más desarrolladas por el trabajo especializado de un grupo concreto,
de las que pueden beneficiarse pacientes determinados (un mínimo
porcentaje comparado con el número total de pacientes), que no
tendrían acceso a ellas en su estructura sanitaria habitual.
Antes de tomar decisiones sobre el particular, es conveniente valorar
el consejo de un especialista, que ayude a discernir si lo que se
está buscando en el fondo no es una tranquilidad de conciencia
por el camino de que no quede absolutamente nada sin intentar. Desplazarse
a un centro lejano al lugar habitual de residencia puede representar para
el paciente múltiples inconvenientes, no siempre compensados por
un beneficio terapéutico proporcionado.
Hay que asumir la existencia de casos que exceden las posibilidades actuales
de la terapéutica, independientemente del lugar del mundo en que
se trate.
Si los tres criterios citados se cumplen, la pérdida de esperanza
de recuperación se produce habitualmente, tanto en el equipo asistencial
como en la familia.
La
aparición de una complicación letal irreversible marca el
inicio de la agonía, etapa generalmente de corta duración
y que precede a la muerte.
Determinados
pacientes pasan por una fase en la que podrían denominarse pseudoterminales.
Son catalogados de terminales sin cumplir todos los requisitos mencionados.
Generalmente se debe a un fallo en la valoración de la afectación
por la enfermedad de base y/o en el cálculo del pronóstico
de vida. Puede deberse también al adelanto de diagnósticos
y/o pronósticos no confirmados. Tales pacientes presentan las ansiedades
propias de un enfermo terminal, viendo consiguientemente afectada su vida,
que por otra parte se desarrolla con normalidad. Constituyen un argumento
más sobre la importancia de trabajar con criterios objetivos en
este campo y obligan a ser muy explícitos al hablar del valor real
de sospechas clínicas u otras valoraciones intuitivas.
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2. Comunicación
El
acto de comunicación consta de cuatro elementos fundamentales:
emisor (aquel que comunica algo),
mensaje (idea o conjunto de ideas
que son comunicadas), entorno (conjunto
de personas y circunstancias que forman el ambiente en el que transcurre
la comunicación, con capacidad de influir sobre ella), y receptor
(aquel que recibe el mensaje). Una comunicación óptima es
la que tiene lugar en un entorno común a los otros tres elementos:
si los intereses del receptor y el emisor son los mismos, y compatibles
con cualquier tipo de mensaje, éste llega a su destino de forma
nítida, sin interferencias. Por el contrario, si cada elemento
del circuito está rodeado por su propio entorno, que condiciona
el avance del mensaje y lo distorsiona, éste no llega de forma
clara y completa a su destino. Es la situación más frecuente
en la práctica asistencial.
El
paciente tiene derecho a conocer su diagnóstico y pronóstico,
aunque no sean favorables.
La
información sobre la enfermedad ha de tener en cuenta las particularidades
individuales de cada paciente. El respeto a sus derechos dicta que sea
clara, completa y asumible. Debe saber qué le pasa, de manera
que conociendo la situación esté en condiciones de tomar
con libertad decisiones que no podría tomar sin conocimiento de
causa. Debe saber todo aquello que razonablemente pueda asumir, aunque
no sea agradable, procurando evitar brusquedades que empeoren su trato
con la gente que le rodea. Ha de percibir una proporcionalidad entre lo
que conoce sobre su enfermedad y el tratamiento propuesto; si no es así
se genera desconfianza hacia el equipo asistencial y hacia la familia,
derivada del sentimiento de engaño.
En la relación del paciente terminal con su familia cualquier forma
de expresión (silencios, gestos, palabras), adquiere matices y
significados distintos a los que tendría en un contexto normal,
generando ansiedad en ambas direcciones. Durante la conversación
surgen interrogantes sobre el futuro, no siempre fáciles de responder,
y que obligan a los demás a cuestionarse tarde o temprano sobre
el propio destino. Situaciones como la hospitalización prolongada
o la falta habitual de compañía familiar se asumen peor
desde la óptica de un desenlace próximo que si espera la
curación a un plazo más o menos largo.
El enfermo terminal es ante todo una persona. Según la definición
clásica de Boecio, una sustancia individual de naturaleza racional.
La genética moderna confirma que cada ser humano, incluso en el
aspecto físico es único e irrepetible, contando desde el
primer hombre hasta el último que exista nunca, y, por tanto, sustancia
individual en el sentido más radical del término. Entendimiento
y voluntad, potencias inherentes a la naturaleza racional, tienen
como objetos propios la verdad y el bien respectivamente, y constituyen
condición sine qua non de la libertad. No actúan
con trayectorias paralelas, sino que interaccionan continuamente a lo
largo de la vida del hombre. Sin un adecuado conocimiento de un acto y
sin el deseo de llevarlo a cabo, no se puede considerar ese acto como
libre.
El
ocultamiento deliberado del fin próximo de la vida supone anclar
al hombre a su penúltima voluntad con la cadena de la mentira,
impidiéndole así completar su plena y libre realización
como persona.
En ocasiones la cadena no es sólo conceptual sino también
farmacológica. La privación de la conciencia sin más
motivo que evitar la vivencia lúcida de los últimos momentos
de la existencia, realizada a espaldas del protagonista, conlleva la mismas
consideraciones expuestas en el párrafo anterior.
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3. Cuidados paliativos
El
objetivo primero del médico ante un paciente es la curación
de su dolencia, pero hay situaciones en las que no está a su alcance.
La Medicina Paliativa, desde la perspectiva del respeto absoluto debido
a toda persona y ante los límites terapéuticos de la propia
medicina, pasa a controlar entonces los síntomas de la enfermedad,
especialmente la presencia de dolor, acompañando al enfermo hasta
la muerte. Estos cuidados son proporcionados en la actualidad por equipos
multidisciplinares de profesionales cualificados.
En muchos casos, los equipos de cuidados paliativos facilitan la presencia
del paciente en su domicilio, aportando un beneficio emocional
indudable y realzando su dignidad de persona, merecedora de cariño
y atención hasta el último momento de vida. También
los que le rodean tienen así ocasión de aprovechar el contacto
con realidades cotidianas como la enfermedad o la muerte.
La
Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) en su
introducción a la historia de los Cuidados Paliativos y del movimiento
Hospice los define como un tipo especial de cuidados diseñados
para proporcionar bienestar o confort y soporte a los pacientes y sus
familias en las fases finales de una enfermedad terminal. Los cuidados
paliativos procuran conseguir que los pacientes dispongan de los días
que les resten conscientes y libres de dolor, con los síntomas
bajo control, de tal modo que los últimos días puedan discurrir
con dignidad, en su casa o en un lugar lo más parecido posible,
rodeados de la gente que les quiere.
Los cuidados paliativos ni aceleran ni detienen el proceso de
morir. No prolongan la vida ni tampoco aceleran la muerte. Solamente intentan
estar presentes y aportar los conocimientos especializados de cuidados
médicos y psicológicos, y el soporte emocional y espiritual
durante la fase terminal y en un entorno que incluye el hogar, la familia
y los amigos. La atención después del fallecimiento es fundamental
para los miembros de la familia y algunos amigos. Los voluntarios juegan
un rol importante en el soporte de la familia.
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4. La muerte
La muerte es un fenómeno natural, universal y único.
Es natural en el sentido de que, si no median causas antinaturales (asesinato,
etc), se produce siempre como consecuencia de accidentes, enfermedades
y/o envejecimiento ocasionados en la relación con el medio ambiente
o con procesos de desgaste fisiológico. Es universal, porque, mediando
una u otra circunstancia, todos los hombres han muerto y morirán.
Es único porque el propio concepto de muerte (término de
la vida) entraña la irreversibilidad y a cada persona le acontece
una sola vez.
De lo anterior se deriva que si la muerte es un fenómeno natural
y universal, está en manos de los profesionales de la salud poner
los medios a su alcance para evitarla, pero siempre habrá un último
momento en el que, pese a todos sus esfuerzos, llegará de forma
inexorable. El fracaso del ejercicio profesional no es por tanto la muerte
misma, sino la negligencia en sus diversas formas y grados.
Nadie
puede dar lo que no tiene. La muerte es la continuación de la vida
y ha de ser objeto de reflexión durante la misma. Una vez
integrada naturalmente dentro de los parámetros existenciales del
profesional no representa una situación incómoda y marginada
en el quehacer cotidiano, sino un aspecto más del mismo.
Cualquier
momento único en la vida de una persona es importante por
el hecho de ser único; en el caso de la muerte es especialmente
importante (que no es sinónimo de agradable, placentero o gratificante)
por ser además el último. Bajo este prisma se han de analizar
frases como "a mí tampoco me gustaría enterarme"
o "yo personalmente estoy seguro que lo pasará muy mal",
frecuentemente pronunciadas por familiares o amigos, sanos, alejados del
epicentro de la enfermedad.
Pese a vivir en una cultura en la que la eliminación de los incómodos
llega a ser considerada un signo de progreso, la muerte no está
de moda. El traslado masivo de las vivencias de enfermedad, fallecimiento
y exequias desde los domicilios familiares a los hospitales y tanatorios
ha contribuido a ello. Esta circunstancia, derivada de la moderna organización
de la sanidad y los servicios funerarios, facilita el arrinconamiento
social de la muerte.
El espectáculo cotidiano de guerras, actos terroristas, catástrofes,
etc, en los que muere gente de forma masiva, produce además la
trivialización inconsciente de la muerte y la pérdida de
su sentido profundamente personal, que sucumbe ahogado en el anonimato
estadístico.
La asunción del carácter natural y universal de la muerte
puede facilitar su aceptación, pese al desgarro existencial que
supone la conciencia de ruptura del universo físico. El miedo al
dolor moral (separación de seres queridos, incertidumbre ante el
más allá, etc) o físico, y al deshaucio en el peor
sentido de la palabra, es decir, ser considerados durante sus últimos
días como un desecho social por su enfermedad y expectativas, representa
una gran fuente de angustias en los pacientes terminales. Una actitud
de sincero cariño por parte de los allegados y del equipo asistencial,
junto con la atención espiritual y el control de los síntomas,
facilitando la resolución de todos los conflictos personales acumulados
a lo largo de la vida que termina, constituyen el mejor remedio ante dichas
angustias.
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5. Eutanasia y encarnecimiento terapéutico
Dos
cuestiones se plantean con cierta frecuencia en la sociedad contemporánea
en torno al paciente terminal: la posiblidad de provocar la muerte a demanda
y la de defenderse de una excesiva y deshumanizadora tecnificación
en las últimas fases de la enfermedad.
La
Organización Mundial de la Salud (OMS) define la eutanasia
como aquella acción del médico que provoca deliberadamente
la muerte del paciente.
Esta
definición resalta la intención del acto médico,
es decir, el querer provocar voluntariamente la muerte del otro. La eutanasia
se puede realizar por acción directa, v.g. proporcionando
una inyección letal al enfermo, o por omisión,
v.g. no proporcionando el soporte básico para la supervivencia
del mismo. En ambos casos, la finalidad es la misma: acabar con una vida
enferma.
Los
argumentos a favor y en contra de la eutanasia se dividen en tres
grupos: los relacionados con el consenso, la dignidad de la persona humana
y la autonomía personal.
El
consenso:
Los
derechos humanos no son otorgados por el número de votos obtenidos,
ni por la sociedad, ni por los partidos políticos, aunque deben
siempre reconocerlos y defenderlos. No se basan tampoco en el consenso
social, ya que los derechos los posee cada persona, por ser persona. Las
votaciones parlamentarias no modifican la realidad del hombre, ni la verdad
sobre el trato que le corresponde.
Hay
quien asume equivocadamente el principio legislativo como la única
fuente de verdad y de bien, dejando la vida humana a merced del número
de votos emitidos en un Parlamento. Las legislaciones sobre el aborto,
la clonación humana, la fecundación extracorpórea
y la experimentación embrionaria son consecuencia de la aplicación
del principio de las mayorías.
La
dignidad de la persona humana:
La
dignidad de la persona humana, al igual que la libertad, es algo intrínseco
a ella y no definido por las circunstancias externas: el ser humano siempre,
en todo caso y situación es excepcional e irrenunciablemente digno
por sí mismo. También se puede considerar la dignidad en
otro plano, el que define el diccionario como "gravedad y decoro
de las personas en la manera de comportarse". En ambos casos la dignidad
nace de la persona, no es un regalo de la sociedad ni del
entorno.
El
nacer y el morir son sólo hechos. No pueden ser tenidos como dignos
o indignos según las circunstancias en que acontezcan.
La
autonomía personal:
"El
derecho a morir no está regulado constitucionalmente, no existe
en la Constitución la disponibilidad de la propia vida como tal"
(1). El derecho absoluto sobre la vida conllevaría
otros derechos como la posibilidad de vender los propios órganos,
de alquilar el cuerpo para experimentación sin límite de
riesgo, de comerciar con el espectáculo de la propia muerte, de
aceptar voluntariamente la esclavitud, etc.
El
hombre, siendo una totalidad en sí mismo, es a la vez social por
naturaleza. Nace, independientemente de su voluntad, inserto en un momento
histórico determinado, y asimila a lo largo de su vida el bagaje
de conocimientos de la sociedad que le rodea, que a su vez contribuye
a enriquecer. Vive en interacción dinámica con su entorno
natural y social, sin el cual la supervivencia sería imposible.
Por todo ello, el rechazo frontal a la vida no sólo es contrario
a la naturaleza de la condición humana, sino también a la
sociedad. Además, la persona que sufre tiene derecho a esperar
de la sociedad en la que vive el soporte necesario para mitigar su padecimiento
físico o moral.
El
principio de autonomía forma parte de los fundamentos de la bioética.
Subraya la libertad del individuo de decidir frente a las propuestas del
entorno. No anula la responsabilidad inherente a dichas decisiones. No
es un absoluto en sí mismo; carece de sentido sin las referencias
de los demás principios de la bioética y del resto de la
comunidad. Es abiertamente contradictorio invocarlo de forma aislada y
a fin de obtener el respaldo mayoritario de la sociedad a una acción
radicalmente antisocial. El apoyo a las diferentes formas de escapismo
(conductas marginales, drogadicción, o en su forma más extrema,
los diversos tipos de suicidio) invierte el genuino sentido de la solidaridad,
que, correctamente entendida, no consiste sino en un compromiso radical
en el alivio del paciente. Ninguna vida humana es dispensable o indigna
de ser vivida.
El
acto médico se basa en una relación de confianza donde el
paciente confía al médico el cuidado de su salud, aspecto
primordial de su vida, de sí mismo. En la relación entre
ambos no puede mediar el pacto de una muerte intencionada.
Las
difíciles circunstancias que provocan algunas enfermedades o una
experiencia familiar desagradable pueden ser causa de una posición
personal a favor de la eutanasia. Pero los casos extremos no generan leyes
socialmente justas, por las dificultades que estos mismos comportan. La
aceptación del acto de matar intencionadamente a un paciente como
solución para un problema abre el camino a otros problemas para
los cuales matar sea la solución.
La
eutanasia no resuelve los problemas del enfermo, sino que destruye
a la persona que tiene los problemas.
En
1991 se llevó a cabo en Holanda una encuesta anónima entre
los médicos holandeses tras un tiempo de vigencia de la despenalización
de la eutanasia con el fin de conocer su praxis cotidiana a este respecto.
Los resultados, recogidos en el Informe Remmelink, señalaron
que anualmente se llevaban a cabo 2.300 eutanasias a petición del
paciente. Además hubo 400 casos de cooperación al suicidio;
1.000 de eutanasia sin que mediara petición alguna del paciente;
5.800 en que se retiró o no se inició un tratamiento útil
a petición del paciente y, a consecuencia de ello, murieron 4.756
enfermos. De los 25.000 casos en que se retiró o se omitió
un tratamiento sin que mediara petición del paciente, en 8.750
esta acción se realizó con la intención de terminar
con su vida. De los 22.500 pacientes que murieron por sobredosis de morfina,
la dosis se administró con la intención de acelerar la muerte
en 8.100 casos.
El
Informe Remmelink puso de manifiesto también que el 51% de los
médicos en Holanda consideraban la eutanasia involuntaria una opción
digna de ser tenida en cuenta y el 41,1% de los médicos entrevistados
la había realizado. (R. Fenigsen, "The Report of the Dutch
Governmental Committee on Euthanasia", Issues in Law & Medicine
1991; 7: 339-44)
El
encarnizamiento terapéutico es la aplicación a un
paciente terminal de "tratamientos extraordinarios de los que
nadie puede esperar ningún tipo de beneficio para el paciente"
(Asociación Médica Mundial,1983) y constituye una práctica
éticamente reprobable. El artículo 28.2 del Código
de Etica y Deontología Médica de la Organización
Médica Colegial del Estado, dice que en caso de enfermedad
incurable y terminal, el médico debe limitarse a aliviar los dolores
físicos y morales del paciente, manteniendo en todo lo posible
la calidad de una vida que se agota y evitando emprender o continuar acciones
terapéuticas sin esperanza, inútiles u obstinadas. Asistirá
al enfermo hasta el final, con el respeto que merece la dignidad del hombre.
A
partir de lo anterior, se deduce que los enfermos terminales han de recibir
siempre los medios terapéuticos ordinarios, pudiendo, según
los casos, omitirse los extraordinarios. La frontera entre medios ordinarios
y extraordinarios no es algo nítido y perfectamente delimitado,
dependiendo en cada caso de múltiples circunstancias. El límite
de atención que no puede ser sobrepasado sin atentar directamente
contra la vida, es el de la cobertura de las necesidades vitales mínimas,
fundamentalmente alimentación e hidratación, así
como transfusiones y medicación de uso común.
En
determinados casos se plantea la administración de sedantes conocida
como sedación terminal. "Se entiende por sedación
terminal la administración deliberada de fármacos para producir
una disminución suficientemente profunda y previsiblemente irreversible
de la conciencia en un paciente cuya muerte se prevé próxima,
con la intención de aliviar un sufrimiento físico y/o psicológico
inalcanzable con otras medidas y con el consentimiento explícito,
implícito o delegado del paciente"(2).
El recurrir al consentimiento implícito o delegado cuando el paciente
puede conocer la información quita al moribundo su derecho a afrontar
el acto final de su vida: su propia muerte. La familia y el médico
suplantan entonces al enfermo y lo despojan del conocimiento de esta decisión.
El
verdadero respeto a los derechos del paciente pasa por hacerlo partícipe
de las decisiones sobre su cuidado, aunque éstas hayan de pasar
por una información desagradable.
La
sedación terminal es éticamente correcta cuando:
*
El fin de la sedación sea mitigar el sufrimiento;
*
La administración del tratamiento busque únicamente mitigar
el sufrimiento y no la provocación intencionada de la muerte;
*
No haya ningún tratamiento alternativo que consiga los mismos efectos
principales sin el efecto secundario que sería el acortamiento
de la vida. Entonces la acción es correcta y éticamente
aceptable.
La
verdadera alternativa a la eutanasia y al encarnizamiento terapéutico
es la humanización de la muerte. Ayudar al enfermo a vivir
lo mejor posible el último periodo de la vida. Es fundamental expresar
el apoyo, mejorar el trato y los cuidados, y mantener el compromiso de
no abandonarle, tanto por parte del médico, como por los cuidadores,
los familiares, y también del entorno social.
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6. Pena de muerte
.../...
- Lo lamento- dijo Frodo -; estoy asustado y no siento ninguna lástima
por Gollum.
- No lo has visto- interrumpió Gandalf.
- No, y no quiero verlo- replicó Frodo-. No puedo entenderte ¿Quieres
decir que tú y los Elfos habéis dejado que siguiera viviendo
después de todas esas horribles hazañas? Ahora, de cualquier
modo, es tan malo como un orco, y además un enemigo. Merece la
muerte.
- La merece sin duda. Muchos de los que viven merecen la morir y algunos
de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida?. Entonces
no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce
el fin de todos los caminos.../...
(JRR
Tolkien, El señor de los anillos, tomo I La comunidad del anillo,
capítulo II)
La
aproximación a la muerte que se ha intentado en las páginas
precedentes quedaría incompleta sin unas consideraciones sobre
aquellas situaciones en las que se pide la colaboración del
profesional sanitario para la provocación de la muerte sin mediar
enfermedad.
El
problema se había planteado desde antiguo con respecto al aborto
o la tortura. Recientemente la introducción de la inyección
letal como método de ejecución ha convertido al profesional
sanitario en verdugo.
Art
30.1
El
médico jamás debe participar, secundar o admitir actos de
tortura o malos tratos cualesquiera que sean los argumentos invocados
para ello. Está obligado, por el contrario, a denunciarlos a la
autoridad competente.
.../...
Añade el artículo 30.1 a las normas de la Declaración
de Tokyo la obligación del médico de denunciar la tortura
y los malos tratos a la autoridad competente. Esto puede significar, en
ciertas circunstancias, sacrificios o riesgos no pequeños. Cuando,
por las circunstancias sociopolíticas no sea posible cumplir el
deber de denunciar a la autoridad competente las prácticas de tortura
que el médico ha conocido con ocasión de atender
a algunas víctimas, ni tampoco denunciar a los colegas que han
intervenido en ellas, el médico procurará comunicar esos
extremos a algunos colegas en el extranjero, a los directivos de la Asociación
Médica Mundial, o a las asociaciones internacionales que velan
por el respeto a los derechos humanos. Conviene recordar que la denuncia
no puede tener matices políticos: su contenido se refiere exclusivamente
al uso malo hecho de los conocimientos y destrezas del médico.
La
Asociación Médica Mundial ha condenado igualmente la participación
del médico en la ejecución de la pena capital, en una resolución
adoptada en Lisboa, en 1981. (3)
Los
textos precedentes definen el contexto del problema y las repercusiones,
a veces heroicas, que se derivan del análisis ético por
parte del profesional. Este enfoque no es una opción más
entre otras, no es una mera circunstancia: pertenece a la esencia de la
profesión. La relación entre el profesional sanitario y
la persona atendida entraña valores de índole tal que, si
son conculcados, cambian la esencia misma de la profesión transformándola
en algo diferente (v.g médico vs verdugo).
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BIBLIOGRAFÍA
- J.A.
Belloch en C. Fibla. Debate sobre la eutanasia.
Ediciones Planeta, Barcelona 2001
-
J. Porta, C. Guinovart, E. Ylla-Catalá, A. Estibalez, I. Grimau,
A. Lafuerza, M.Nabal, C. Sala, A. Tuca. Definición
y opiniones acerca de la sedación terminal: estudio multicéntrico
catalano-balear. Medicina Paliativa, Madrid, 6:3; pp 108-115.
1999
- Herranz,
G. Comentarios al Código de Etica
y Deontología Médica de la Organización Médica
Colegial. EUNSA, Pamplona 1992
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