ACTUALIDAD
Vientos
Holandeses
En los últimos meses de 2005 y los primeros meses
del presente año 2006, se está forzando desde
sectores políticos y grupos sociales afines un debate
público sobre la eutanasia que, en mi opinión,
ni la sociedad ni el colectivo sanitario parecían demandar.
En España soplan vientos holandeses y de ello da
fe la web
de la Generalitat de Catalunya, donde acaba de
publicarse el nforme sobre la eutanasia,
elaborado por un grupo de trabajo del Comitè Consultiu
de Bioètica de Catalunya. Se trata de un encargo del
Departament de Salut. Es una pena que en este grupo de autores
no se eligiera a representantes de la Sociedad Española
de Curas Paliativas ni de la Associació Catalana d´Estudis
Bioètics. Por eso, como miembro del comité no
invitado a participar tuve que emitir un voto particular de
discrepancia sobre el informe, que también recoge la
web.
El informe hace un repaso histórico
de la eutanasia, y luego la apoya alegando el derecho que
tiene cada cual a decidir cómo desea morir. Según
el documento, sólo una ley de eutanasia hará
justicia a los que desean este tipo de muerte. Sin embargo,
¿es eso cierto? ¿No propiciaría esa ley
injusticias mucho mayores?
El texto olvida que Holanda lleva más
de veinte años de praxis eutanásica, y resulta
por tanto obligado el análisis de los hechos. ¿Qué
ha ocurrido allí?
Datos recientes, como los publicados
en la prestigiosa revista British
Medical Journal,
muestran claramente como la eutanasia supone la pérdida
de la tutela legal efectiva sobre los más débiles:
más de la tercera parte de los casos se ejecuta sin
el consentimiento del enfermo, y los médicos no notifican
a las autoridades más que el 54% de los casos. El Comité
de Derechos Humanos de la ONU se ha quejado
a las autoridades holandesas por la ineficacia del comité
holandés de revisión de pacientes a los que
se ha aplicado la eutanasia, ya que éste rechazó
tan sólo tres de los dos mil casos examinados en un
año. La praxis de la eutanasia y su refrendo por la
ley han hecho que los médicos decidan dar muerte a
pacientes terminales o incurables en función de un
único criterio: su nivel de sufrimiento
El consentimiento o la
opinión de los familiares es en realidad menos relevante,
ya que siempre puede disimularse la causa de la muerte.
Hace menos de un año
la ministra
de Sanidad holandesa, Clémence Ross, apeló
a la "profesionalidad de los médicos" ante
los crecientes indicios de que éstos no están
cumpliendo los requisitos legales para practicar la eutanasia,
en particular la notificación del procedimiento (Diario
Médico, 8/ VI/ 2005). Ello ocurre después
de un largo período de vigor de la ley de la eutanasia.
Como es sabido, en el año 2001
los médicos holandeses solamente daban cuenta oficial
del 54% de las muertes provocadas a los pacientes. Aunque
la ley que entró en vigor en el 2002 pretendía
mejorar la tasa de informes, ésta no ha dejado sin
embargo de caer. Las últimas cifras de que disponen
los comités regionales de abogados, médicos
y bioéticos encargados de controlar y supervisar a
posteriori la práctica de la eutanasia revelan que
en el 2003 se notificaron 1.815 casos (datos posteriores a
la entrada en vigor de la ley), que contrastan con los 1.882
del 2002, los 2.054 del 2001 y los 2.123 del 2000.
El primer
principio de la medicina, reconocido desde siempre y en
cualquier parte del mundo, afirma que lo primero es no hacer daño ("primum
non nocere")
El problema no es morir dignamente: la raíz del problema
está en vivir dignamente. Y ello se aplica al paciente,
pero mucho más aún al médico, a familiares
y amigos del enfermo, y a quienes son responsables de humanizar
el entorno social y sanitario: políticos y gestores.
El médico no puede dar muerte a su paciente. Ni
es su función. Qué sería de la confianza
en el médico, base de su relación con el enfermo,
si el médico pudiera decidir dar muerte a su paciente
cuando - según el criterio exclusivo del facultativo
- considerase que su sufrimiento es excesivo, o que su vida
no es ya de calidad suficiente o que es una carga para la
sanidad pública.
La sociedad espera del médico
que aprenda a escuchar las razones del enfermo incurable o
terminal y que se disponga a ayudarle con su profesionalidad,
ofreciéndole todo el apoyo necesario para afrontar
íntegramente las repercusiones de la enfermedad. Para
ello, la medicina paliativa es un instrumento óptimo.
La medicina es hoy capaz de aliviar el dolor e incluso suprimirlo,
aún en sus grados más severos, sin recurrir
a dar muerte. De esto se ocupa la medicina paliativa, una
especialidad médica que ha alcanzado el más
alto nivel de eficacia. Es cierto que aún así
puede existir una sensación de vacío en la vida
del enfermo: su autoestima puede descender hasta casi anularse.
Pero jamás debemos olvidar que la ausencia de autoestima
depende demasiado a menudo de la carencia de heteroestima:
de la falta de estimación y valoración por parte
de los otros. Y que, como ha sido mostrado en estudios clínicos,
la mejora en el aprecio de los demás, de aquellos que
rodean al enfermo, va seguida de recuperación de la
autoestima y del deseo de vivir.
Sin embargo, los cuidados paliativos
nunca pueden sustituir al compromiso personal del médico.
La eutanasia, en cambio, desliga al médico de su compromiso
personal y no brinda más alternativa que la de destruir
al que pide la ayuda.
Por otro lado, aprobar una ley de eutanasia,
aunque sea en unos pocos supuestos muy restrictivos, implica
forzosamente una aplicación tan indulgente como la
que se ha hecho de la ley del aborto, donde el 98% de casos
se amparan en supuestas "causas psicológicas graves"
de la madre, casi siempre inexistentes. Resulta inevitable
que ocurra lo mismo con una ley despenalizadora de la eutanasia.
Al igual que ha ocurrido en Holanda, se abre la puerta
a la eutanasia a discreción: antes que nada a criterio
de los médicos. Surge así un nuevo y peligroso
"paternalismo médico" donde quien decide
es únicamente el profesional. Después, a criterio
de familiares. Finalmente, a demanda de políticos y
gestores, preocupados por una disminución de los gastos
públicos: es sabido que, en el marco de una medicina
socializada como la española, el 50% del gasto sanitario
lo genera el enfermo durante los seis últimos meses
de vida.
La pretensión de un derecho a
la eutanasia olvida la autonomía del médico
y su deber de respetar la vida. Sin insistir en tratamientos
superfluos que ya no mejoran la situación y alargan
innecesariamente el sufrimiento, el médico ha de buscar
ayudar al enfermo y acompañarle. Sin embargo, no puede
traspasar los límites de conciencia y de prudencia
legal que definen la buena praxis médica. Nunca puede
voluntariamente acabar con su vida. Ése es otro oficio.
Joan Vidal-Bota
Miembro del Comitè Consultiu
de Bioètica de Catalunya
Presidente de la Associació
Catalana d'Estudis Bioètics (ACEB)
Referencias bibliográficas
y vículos de interés.
Associació Catalana d'Estudis Bioètics (1-3-2006)
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